Al principio, intentó ignorarlo, pero un día decidió instalar una cámara oculta, y lo que vio la horrorizó.
Laura Martin llevaba más de cinco años trabajando como niñera y creía haberlo visto todo. Así que, cuando consiguió trabajo con la familia Blake, nada le pareció sospechoso.

Una espaciosa casa suburbana, un jardín bien cuidado, dueños amables y un bebé de nueve meses llamado Noah.
Su madre, Claire, pasaba los días trabajando. Su padre, Michael, era programador y trabajaba la mayor parte del tiempo desde casa, encerrado en su oficina de la planta baja. Las primeras semanas transcurrieron tranquilamente.
Pero entonces empezó a notar algo extraño.
Con cada cambio de pañal, Laura notaba unas finas marcas rojas en los muslos de su hijo. No era sarpullido ni irritación. Eran demasiado regulares, como si le hubieran pinchado la piel.
Al principio, pensó que era por los pañales: quizá no le quedaban bien o la pestaña estaba demasiado apretada.

Después de unos días, las marcas desaparecieron. Pero luego reaparecieron.
Y entonces empezaron los ruidos.
Mientras Noah dormía, Laura oía cada vez más pasos arriba. Las tablas del suelo crujían. Había movimientos sutiles.
Cuando le preguntó a Michael, él respondió con calma que había estado frente al ordenador todo el tiempo. Un día, Laura subió a la habitación del bebé y oyó claramente cómo se cerraba la puerta desde dentro, a pesar de que minutos antes la habitación estaba vacía.
Su ansiedad se convirtió en miedo.
A la mañana siguiente, al notar una nueva marca en el cuerpo del bebé, Laura supo que no podía esperar más. Encargó una cámara diminuta y la colocó en un rincón de la habitación, apuntando directamente a la cuna.

Durante los dos primeros días, no ocurrió nada. Laura empezó a dudar de sí misma y a pensar que había exagerado. Pero al tercer día, después de comer, decidió volver a ver la grabación.
Los primeros minutos transcurrieron sin incidentes. De repente, la puerta se abrió lentamente, casi en silencio. Un hombre entró en la habitación. Laura lo supo al instante: no era Claire. Ni tampoco Michael.
Cuando el desconocido se inclinó sobre la cuna, Laura se quedó sin aliento. El hombre actuó con seguridad, como si ya estuviera acostumbrado. Suavemente, casi con naturalidad, tomó al niño por las caderas y le pellizcó ligeramente la piel.
Noah no se despertó. Simplemente suspiró suavemente mientras dormía.
El hombre se quedó allí solo unos segundos, luego ajustó la manta y salió de la habitación del bebé con el mismo silencio, cerrando la puerta con cuidado.
Laura no lo dudó ni un segundo. Agarró su chaqueta, al bebé, y huyó de la casa sin decirle una palabra a Michael, quien estaba sentado tranquilamente frente a su computadora. Menos de una hora después, llegó la policía.
Las imágenes de la cámara fueron revisadas varias veces. Michael palideció al ver el rostro del desconocido. Lo reconoció al instante.
Era su hermano mayor, Ethan.
Ethan fue declarado oficialmente desaparecido. Había desaparecido varios años antes tras una discusión familiar, y todos estaban convencidos de que había huido al extranjero o que estaba muerto. Pero la verdad resultó ser mucho más aterradora.
Ethan se había colado en la casa por una vieja entrada del ático que solo él conocía. Durante varios meses, observó a la familia, estudiando sus rutinas, revisando las cerraduras, las cámaras y las alarmas.
Dejó deliberadamente marcas en el cuerpo del niño, apenas visibles, pero escalofriantes. Para él era importante no causar lesiones graves, sino mostrar algo más. Estaba reuniendo pruebas.

Planeaba usar todo esto para chantajear a Michael. Ethan quería dinero. Quería demostrar que podía entrar a su casa cuando quisiera y hacer lo que quisiera con la niña.
La policía encontró más tarde una mochila en el ático con copias de notas, pertenencias de los niños y notas detalladas sobre la vida cotidiana de la familia. Ethan planeaba contactar a su hermano muy pronto.