Bajo una lluvia torrencial, un niño hambriento llama a la puerta de un multimillonario local, pidiendo refugio y comida. No tiene ni idea de cuál será la reacción del multimillonario.
Bajo el implacable aguacero, el niño camina por la calle, luchando por avanzar.

Su ropa está empapada, sus botas se hunden en el barro y las lágrimas, junto con las gotas de lluvia, le resbalan por la cara.
Toca puertas, una tras otra, pero en cada casa solo encuentra rabia, irritación e indiferencia.
Algunos le gritan que se vaya, otros simplemente se niegan a abrir la puerta. Siente como si el mundo entero lo hubiera abandonado.
Sus manos tiemblan de frío, su estómago se encoge de hambre. Siente que no puede aguantar ni un minuto más.

Al divisar una enorme verja de hierro y una casa brillantemente iluminada a lo lejos, reúne sus últimas fuerzas y se acerca.
Sabe a quién pertenece esa casa: al hombre más rico del barrio. Y aun así, llama de todos modos.
Un hombre alto, vestido con un traje elegante, abre la puerta. Su mirada es fría y cansada.
«Tío», murmuró el niño, apenas audible por el cansancio, «¿puedo calentarme un poco? No he comido en días; solo necesito un poco de pan y un sitio donde sentarme».

El hombre lo miró en silencio durante unos segundos y luego preguntó con voz ronca: «¿Quién eres? ¿Dónde están tus padres?»
«No tengo a nadie… Me escapé del orfanato», respondió el niño, agachando la cabeza, esperando que lo ahuyentaran de nuevo.
Pero en lugar de un grito o una burla, escuchó una voz suave, casi quebrada:
«Es como si Dios te hubiera enviado».
El niño levantó la vista, sin entender lo que quería decir.
«No», respondió confundido, «nadie me envió. Vine por mi propia voluntad». Perdóname, si no puedo, debo irme…
El hombre suspiró de repente, bajó la cabeza y dijo en voz baja:

“Hoy enterré a mi hijo. Tenía más o menos tu edad… y era casi idéntico a ti. Incluso sus ojos son iguales.”
Se giró para que el niño no viera sus lágrimas, pero su voz lo delató: temblaba de dolor, como una cuerda rota.
Dio un paso atrás y abrió la puerta de par en par:
“Pasa. Caliéntate, come. Y mañana… mañana, decidiremos qué hacer.”

El niño se quedó clavado en el umbral, incrédulo. El calor de la casa lo envolvió, el olor a sopa caliente le hizo cosquillas en la nariz y, de repente, las lágrimas comenzaron a brotar.
Entró, todavía temblando de frío y con una extraña sensación: como si, por primera vez en mucho tiempo, nadie le hubiera dado la espalda.
Y al cerrar la puerta, el hombre pensó que tal vez Dios realmente le había enviado a este niño, no como un castigo, sino como una oportunidad para sentirse vivo de nuevo.