—Dame tu brazo —murmuró Vincent. Mave levantó la vista de la pantalla.

—Dame tu brazo —murmuró Vincent.

Mave levantó la vista de la pantalla.

—¿Qué?

Él no respondió de inmediato.

La lluvia descendía en gruesas líneas por las ventanas oscuras del Maybach. Afuera, las luces de Manhattan se deformaban sobre el asfalto mojado, pero Vincent no estaba mirando la ciudad.

Observaba el retrovisor lateral.

Un coche gris llevaba siguiéndolos varias calles.

—Hazlo —repitió.

Esta vez Mave no discutió.

Solo unas horas antes, su mayor problema había sido una hoja de cálculo.

Estaba sentada en su escritorio, frente al despacho privado de Vincent, repasando unas cifras que no tenían sentido.

Faltaban veintinueve mil ochocientos dólares.

El dinero había salido de una empresa registrada en Belice y, sobre el papel, debía haber terminado en las cuentas de una compañía de transporte de Nueva Jersey.

No había ocurrido.

Mave volvió a revisar los números.

Seguían sin cuadrar.

Marcó la operación en amarillo.

Y no preguntó nada.

En tres años trabajando para Vincent Costa había aprendido que algunas preguntas valían más que las respuestas.

Su trabajo era sencillo, al menos oficialmente.

Organizar reuniones.

Controlar horarios.

Revisar contratos.

Mantener impecables las cuentas de los negocios que podían enseñarse a un auditor.

Y jamás interesarse por el contenido de determinados vehículos.

La puerta del despacho se abrió.

Vincent salió ajustándose los puños de la camisa.

Llevaba un traje oscuro perfectamente cortado, pero había detalles que el dinero no podía ocultar.

Una sombra violácea bajo el pómulo.

Los ojos cansados.

Una pequeña herida junto a la mandíbula.

Mave tomó el vaso de café que había comprado para él.

—Sin leche. Dos cucharadas de azúcar.

Vincent lo aceptó.

Sus dedos se tocaron por accidente.

Mave frunció el ceño.

—Estás helado.

—Estoy bien.

Era su respuesta favorita.

Mave lo había oído decir «estoy bien» con fiebre, después de dormir dos horas y una vez con la camisa manchada de sangre.

No insistió.

Durante un instante, Vincent pareció simplemente un hombre agotado.

Después su rostro volvió a endurecerse.

—¿Qué pasó con el envío del puerto?

—Ya no pasa por el puerto.

Vincent alzó una ceja.

—Explícate.

—Cambié la ruta. Saldrá por Queens y llegará unas horas más tarde. Nos cuesta cuatro mil dólares adicionales, pero evita la inspección sorpresa que programaron esta mañana.

Él permaneció mirándola.

—¿Cómo supiste lo de la inspección?

—Leo habla demasiado cuando cree que nadie lo escucha.

Por primera vez en toda la mañana, la boca de Vincent insinuó una sonrisa.

—Deberías cobrar más.

—Llevo diciéndotelo dos años.

Vincent bebió un sorbo de café.

—Esta noche vienes conmigo.

Mave regresó a su ordenador.

—No.

—Ni siquiera sabes a dónde.

—Si tú vas, no quiero saberlo.

—Es una gala benéfica.

Ella lo miró.

—Eso lo hace todavía más sospechoso.

Vincent dejó una invitación sobre su mesa.

La cena tendría lugar en el Plaza.

Políticos.

Empresarios.

Donantes.

Y, seguramente, varias personas que sonreían para las cámaras mientras escondían cosas mucho peores detrás de sus apellidos.

Mave revisó la lista.

—El alcalde estará allí. También dos senadores y tres personas que te detestan.

—Por eso te necesito.

—Tienes veinte hombres que pueden acompañarte.

—Mis hombres recuerdan quién lleva un arma.

Vincent señaló la lista.

—Tú recuerdas quién está divorciándose, quién necesita dinero, quién tiene elecciones dentro de seis meses y quién le debe un favor a quién.

Mave dejó escapar un suspiro.

—Eso se llama prestar atención.

—Exactamente.

—No tengo nada apropiado que ponerme.

Vincent deslizó una tarjeta sobre la mesa.

—Ve aquí a las cinco.

Mave leyó el nombre de una boutique de la Quinta Avenida.

—¿Y qué se supone que debo hacer?

—Decir tu nombre.

Ella entrecerró los ojos.

—Vincent.

—¿Sí?

—¿Por qué tienen mi nombre?

—Porque ya escogieron el vestido.

Mave dejó la tarjeta sobre la mesa.

—Dime que no sabes mi talla.

Vincent cogió de nuevo el café.

—No hago comentarios que puedan poner en peligro mi vida.

A las siete y cuarto, Mave comprendió que el vestido había sido elegido por alguien con un conocimiento demasiado preciso de sus medidas.

Seda azul oscura.

Espalda elegante.

Nada excesivo.

Nada que ella hubiera escogido para sí misma.

El salón principal del Plaza parecía diseñado para hacer olvidar a la gente cuánto dinero existía fuera de aquellas paredes.

Cristal.

Oro.

Champán.

Joyas.

Sonrisas perfectamente ensayadas.

Mave observó a Vincent desde el otro extremo del salón.

Él hablaba con un senador como si fueran viejos amigos.

Ella sabía que no lo eran.

—Está distrayéndose.

La voz de Leo apareció junto a ella.

Mave ni siquiera giró la cabeza.

—Vincent nunca se distrae.

—Esta noche sí.

—¿Por qué?

Leo tomó una copa de una bandeja.

—Porque estás aquí.

Mave soltó una pequeña risa.

—Soy su secretaria.

—Claro.

—¿Qué significa ese «claro»?

Leo ya se alejaba.

—Nada.

Mave volvió a mirar hacia Vincent.

Y descubrió que Leo tenía razón.

Vincent la estaba observando.

No era una mirada casual.

Tampoco profesional.

La intensidad hizo que ella apartara los ojos primero.

Entonces vio al desconocido.

Estaba junto a una de las puertas laterales.

Un hombre alto.

Cabello rubio casi blanco.

Una cicatriz atravesándole una ceja.

El esmoquin le quedaba ligeramente grande.

Aquello era extraño.

En una sala llena de personas obsesionadas con la apariencia, todo en él parecía fuera de lugar.

No tenía bebida.

No hablaba con nadie.

No miraba a los políticos.

La miraba a ella.

Mave abrió discretamente la lista de invitados en su teléfono.

Buscó su rostro entre las fotografías.

Nada.

Al levantar la cabeza, vio que el hombre empezaba a moverse.

Hacia ella.

Mave sintió que algo se tensaba en su pecho.

Buscó a Vincent.

Ya no estaba junto al senador.

El desconocido siguió avanzando.

Diez metros.

Ocho.

Seis.

Mave retrocedió.

Su espalda chocó contra una columna.

Entonces apareció Vincent.

Se colocó delante de ella sin decir una palabra.

El desconocido frenó.

Vincent no lo miró.

Miró a Mave.

—No te separes de mí.

Le ofreció el brazo.

Ella lo tomó.

La mano de Vincent cubrió la suya.

Parecía un gesto elegante para cualquiera que estuviera mirando.

No lo era.

Sus dedos estaban tensos.

Preparados.

Leo apareció detrás del desconocido acompañado de otros dos hombres.

Vincent condujo a Mave hacia la salida sin apresurarse.

Solo cuando estuvieron bajo el toldo del hotel, ella respiró con normalidad.

La lluvia rugía frente a ellos.

—¿Quién era?

Vincent abrió la puerta trasera del coche.

—Nadie que vuelva a acercarse a ti.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es suficiente.

Mave no entró.

—Vincent.

Él finalmente la miró.

—¿Qué?

—Ese hombre vino por mí.

Silencio.

—Sí.

—Pero no me conoce.

Vincent apretó la mandíbula.

Y entonces Mave entendió.

—No quería hacerme daño por mí.

Vincent apartó la vista.

—Quería llegar hasta ti.

Él no respondió.

Mave sintió que el estómago se le hundía.

—¿Por qué?

—Porque algunos hombres creen que todo el mundo tiene una debilidad.

—¿Y él pensó que yo era la tuya?

La lluvia golpeaba la calle con tanta fuerza que durante unos segundos solo se escuchó eso.

Vincent se acercó.

—No lo pensó.

Mave sostuvo su mirada.

—Lo sabía.

Algo cambió en la expresión de él.

Toda aquella frialdad calculada empezó a desaparecer.

Muy lentamente.

—He pasado años asegurándome de no necesitar demasiado a nadie —dijo Vincent—. Es más seguro así.

Mave tragó saliva.

—¿Seguro para quién?

—Para todos.

Ella negó con la cabeza.

—Eso no funciona contigo.

—Ya lo sé.

La respuesta fue tan inmediata que la dejó sin palabras.

Vincent levantó una mano.

Sus dedos rozaron suavemente el rostro de Mave.

No había dureza en aquel gesto.

Ni autoridad.

Ni amenaza.

Solo miedo.

Era la primera vez que ella veía miedo en Vincent Costa.

—Si pierdo dinero, consigo más.

Su pulgar acarició su mejilla.

—Si pierdo una empresa, compro otra.

Mave apenas respiraba.

—Si uno de mis hombres se va, encuentro a otro.

Su voz bajó todavía más.

—Pero tú no tienes sustituta.

Mave sintió que toda la noche desaparecía alrededor de ellos.

El ruido.

Los coches.

La lluvia.

El hotel.

Todo.

Tomó la mano de Vincent y la sostuvo entre las suyas.

Seguía fría.

—Vincent.

Él cerró los ojos durante apenas un segundo.

Después volvió a mirarla.

Durante los tres años que llevaba a su lado, Mave nunca lo había visto completamente quieto.

Vincent siempre estaba pendiente de algo.

Una puerta.

Un reflejo.

Una matrícula.

Un desconocido que permanecía demasiado tiempo en un mismo lugar.

Una salida que debía estar libre.

Aquella noche no hizo nada de eso.

No miró detrás de ella.

No comprobó el coche.

No buscó amenazas entre los edificios.

Solo la contempló.

Y fue entonces cuando Mave comprendió lo que nadie en aquella ciudad habría creído posible.

Vincent Costa podía enfrentarse a rivales, policías, traiciones y hombres que deseaban verlo muerto sin pestañear.

Pero había una sola amenaza para la que no tenía ningún plan.

La posibilidad de perderla.