Él no soltaba la gallina y yo no tenía el coraje de decirle por qué había desaparecido ayer.
Ella no es solo una gallina. Es su gallina.

Todas las mañanas, antes de ir a la escuela, sale corriendo descalzo, incluso con frío, a buscarla. Le habla como si fuera una compañera de clase, le cuenta sobre los exámenes de ortografía y de qué cree que están hechas las nubes.
Ella lo sigue como un perro. Lo espera en el porche hasta que llega a casa.

Al principio nos pareció lindo. Luego nos dimos cuenta de que era más que eso.
Después de que su madre se fue el año pasado, se quedó callado. Dejó de sonreír como antes. Ni siquiera tocaba sus panqueques, que antes eran sagrados para él.
Pero entonces Nugget empezó a rondar por ahí, esa extraña bola amarilla que llegó a nuestro jardín desde quién sabe dónde.
Y algo hizo clic.

Volvió a sonreír. Empezó a comer. A dormir. A reír. Todo por culpa de ese pájaro bobo.
Ayer, Nugget se fue.
Buscamos por todas partes. En el gallinero, en el bosque, en la carretera. Ni plumas, ni huellas, nada. Lloró hasta quedarse dormido con la foto de ella apretada en su pequeño puño.