El silencio cayó sobre la sala del tribunal durante varios segundos interminables. Nadie se movió. Nadie respiró.
Víctor soltó despacio el brazo del muchacho, como si el simple roce le hubiera quemado la mano. Su expresión seguía fría e imperturbable, pero sus ojos ya no podían ocultar el pánico que comenzaba a desmoronarlo.

La criada se cubrió el rostro y empezó a llorar desconsoladamente.
El juez se inclinó hacia adelante con gravedad.
—Muchacho… ¿comprendes lo que estás declarando?
El chico asintió con dificultad. Sus manos temblaban.
—Sí… porque yo lo escuché.
Víctor soltó una carcajada breve y amarga.
—Esto no tiene sentido. Es solo un niño confundido inventando historias.
Sin embargo, el muchacho continuó mirándolo fijamente.
—Aquella noche no podía dormir —dijo con voz baja—. Escuché gritos que venían de la biblioteca y bajé para ver qué ocurría.
La tensión dentro de la sala se volvió insoportable.
—Vi a mi padre junto a la chimenea. La criada estaba llorando. Él le repetía que debía guardar silencio, que jamás podía contarle la verdad a nadie.
El fiscal endureció el gesto.
—¿Qué verdad?
El niño clavó la mirada en Víctor antes de responder.
—Que mi padre había descubierto quién llevaba años robando dinero de la empresa.
Un murmullo sacudió la sala.

La mandíbula de Víctor se tensó.
La criada apenas podía mantenerse de pie.
—Me amenazó… —susurró entre lágrimas—. Dijo que, si hablaba, el niño moriría también.
El juez pidió orden de inmediato, pero nadie dejaba de observar a Víctor.
Los ojos del muchacho comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Mi padre le dijo que escapara conmigo —continuó—. Pero el tío Víctor cerró la puerta con llave desde afuera.
Una mujer entre el público dejó escapar un grito ahogado.
Víctor retrocedió un paso.
—¡Eso es mentira! El niño está confundido… no sabe lo que recuerda.
—Sí lo sé —respondió el muchacho.
Su voz apenas se sostenía.
Pero seguía siendo firme.
—Cuando el humo empezó a entrar por debajo de la puerta, mi padre me empujó hacia una trampilla oculta detrás de la pared. Ella me sacó de allí.
El niño señaló a la criada.

—Ella me salvó la vida.
El fiscal se volvió lentamente hacia Víctor.
—¿Y qué pasó con tu hermano?
El rostro del muchacho se quebró por completo.
—Se quedó atrás… porque alguien tenía que sujetar la puerta desde dentro.
La sala quedó sumida en un silencio absoluto.
Entonces la criada levantó la vista, todavía bañada en lágrimas, y confesó lo que nadie estaba preparado para escuchar:
—Él no murió por el fuego…
Sus ojos se clavaron en Víctor.
—Ya estaba inconsciente cuando tú incendiaste la casa.