El tren serpenteaba al borde del abismo, como si jugara con el peligro. El golpeteo de las ruedas marcaba un ritmo acelerado, inquietante, imposible de ignorar. El vagón se balanceaba suavemente, y al otro lado de la ventana se abría un cañón inmenso, con un lago de tono esmeralda brillando en el fondo. El aire parecía demasiado limpio, casi irreal.

El tren serpenteaba al borde del abismo, como si jugara con el peligro. El golpeteo de las ruedas marcaba un ritmo acelerado, inquietante, imposible de ignorar. El vagón se balanceaba suavemente, y al otro lado de la ventana se abría un cañón inmenso, con un lago de tono esmeralda brillando en el fondo. El aire parecía demasiado limpio, casi irreal.

Ana permanecía junto a la puerta del último vagón. No era su lugar. Su billete correspondía a primera clase, su vida a otro rumbo. Pero aquella llamada lo había alterado todo.

—Si quieres saber la verdad, baja en la última parada —dijo una voz antes de desaparecer.

No le dio crédito. Aun así, vino.

Cuando el tren redujo la velocidad al tomar una curva, la puerta se abrió de golpe. Una ráfaga de viento la golpeó. Ana retrocedió instintivamente, pero su pie falló. El mundo giró.

Caía.

El tiempo se volvió extraño, como si se estirara. Rocas, cielo, árboles… todo se mezcló en un torbellino sin forma. No gritó. Solo cerró los ojos.

Entonces… unas manos.

Alguien la sostuvo.

Eran firmes, cálidas, imposibles. La mantenían suspendida, como si la gravedad hubiese dejado de existir. Ana abrió los ojos.

Frente a ella había un hombre. Cabello largo, mirada tranquila, ropa sencilla que no encajaba con la escena. No flotaba… estaba de pie, en el aire.

—No era tu momento —dijo con voz serena.

Ana intentó hablar, pero su mente no lograba alcanzar lo que estaba ocurriendo.

—¿Quién es usted…?

Él no respondió. La acercó con cuidado y comenzaron a descender lentamente, como si se deslizaran sobre algo invisible.

Al tocar tierra, junto al lago, Ana perdió el equilibrio. Él la sostuvo hasta que logró mantenerse en pie.

—Esto no puede ser real —murmuró.

—Lo es —respondió él—. Solo que no todos pueden verlo.

Ana miró a su alrededor. El tren ya había desaparecido. Nadie había presenciado nada.

—Usted me salvó…

Él negó suavemente.

—No. Solo te llevé a donde debías estar.

—¿Aquí? —preguntó, observando el lugar vacío.

—Aquí es donde empieza la verdad.

Esa palabra resonó dentro de ella.

—¿Tiene que ver con la llamada? —preguntó con urgencia—. ¿Fue usted?

El hombre esbozó una ligera sonrisa.

—No. Pero sé quién lo hizo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Entonces dígamelo. Ya basta de misterios.

En vez de responder, le ofreció la mano.

—Ven.

Ana dudó un instante, pero finalmente aceptó. En cuanto sus manos se tocaron, todo cambió.

El lago desapareció.

De pronto, estaban otra vez en lo alto del acantilado. El tren había vuelto. La escena se repetía.

Y allí estaba ella.

La misma situación. El mismo instante. El mismo error.

—¿Esa soy yo?

—Sí.

—Pero yo ya…

—Aún no —la interrumpió él con suavidad—. Sigues allí.

Ana observó cómo su otra versión retrocedía, perdía el equilibrio y caía.

El corazón se le encogió.

—¡Haz algo!

—No puedo —respondió él—. Eso ya sucedió.

—¡Pero me salvaste!

—No a ti.

Ana se quedó helada.

—¿Cómo…?

El hombre la miró fijamente.

—Salvé a la que eligió vivir.

Algo dentro de ella se rompió.

—¿Y yo…?

No hubo respuesta.

Abajo, su cuerpo impactó contra el agua.

Silencio absoluto.

—No… —susurró.

Los recuerdos regresaron, pero no de la caída… sino del instante anterior. El peso en el pecho. El cansancio. El miedo.

Y la decisión.

No fue un accidente.

Se dejó caer.

Las lágrimas comenzaron a rodar.

—Yo… lo hice…

El hombre asintió.

—Pero una parte de ti cambió de opinión en el último segundo. Y esa parte… llegó hasta mí.

Ana cayó de rodillas.

—Entonces… ¿morí?

—Esa versión, sí.

—¿Y yo?

Él dio un paso atrás.

—Tú eres lo que quedó. Una oportunidad.

El mundo empezó a deshacerse.

—¡Espera! —gritó—. ¿Qué hago ahora?

El hombre sonrió, esta vez con verdadera calidez.

—Vive.

La luz lo cubrió todo.

Ana inhaló bruscamente.

Estaba en el suelo del vagón. Voces alteradas, manos sujetándola.

—¡¿Se encuentra bien?!

La puerta estaba cerrada.

El tren seguía avanzando.

Con manos temblorosas, tocó su rostro.

Estaba viva.

Su teléfono vibró.

Un mensaje nuevo.

«Elegiste bien. Pero la próxima vez puede que no llegue a tiempo».

Ana se quedó inmóvil.

Número desconocido.

Debajo del mensaje, una imagen.

La abrió… y sintió un frío recorrerle el cuerpo.

Era el mismo hombre.

Pero no estaba solo.

Había más personas a su alrededor.

Y entre ellas…

estaba ella.

La que no eligió vivir.