El yeso maldito
—¡Quítenmelo! ¡Por favor, sáquenmelo del brazo! —gritó Noah entre lágrimas, temblando con tanta fuerza que la cama del hospital se estremeció bajo su pequeño cuerpo.

Su desesperación congeló a todos los presentes.
A todos menos a una persona.
Marissa, su madrastra, permanecía inmóvil junto al soporte del suero, envuelta en un impecable abrigo blanco. Cubría su boca con una mano en un gesto estudiado de preocupación. Para el personal médico parecía una mujer angustiada. Para Noah, en cambio, aquella expresión escondía algo mucho más oscuro.
—Tranquilo, campeón —susurró su padre, Daniel Vale, inclinándose junto a él—. Es solo un yeso.
Pero Noah negó con la cabeza, aterrado.
Tres días antes había sufrido una supuesta caída por las escaleras del sótano mientras buscaba un juguete. El accidente terminó con su brazo izquierdo inmovilizado desde la muñeca hasta el codo. Desde entonces, el niño apenas dormía.
—No entiendes… —sollozó—. Hay algo dentro.
Daniel frunció el ceño.
—¿Dentro del yeso?
—Sí. Se mueve. Lo siento caminar… raspar… Ella metió algo ahí.
El silencio se volvió pesado.
Marissa dejó escapar un suspiro dramático.
—Daniel, por favor. Está confundido. Los medicamentos le están afectando.
—¡No estoy confundido! —exclamó Noah, desesperado.
Su padre se puso de pie, dividido entre la preocupación y la frustración.
—Ya basta, Noah.
Aquellas palabras golpearon al niño más fuerte que cualquier castigo.
Entonces intervino una voz tranquila.
—Con todo respeto, señor Vale, esto no es normal.

Era Evelyn Hart, la niñera contratada apenas dos semanas atrás.
Permanecía junto a la puerta con el paraguas aún húmedo por la lluvia. Tenía veintiocho años y una serenidad que resultaba incómoda para quienes ocultaban secretos. Marissa nunca la había soportado.
—Su trabajo es cuidarlo, no opinar sobre diagnósticos médicos —replicó la madrastra con frialdad.
—Precisamente por cuidarlo estoy hablando.
Daniel se llevó una mano a la frente.
—Los médicos dijeron que el yeso debe permanecer seis semanas.
—Y también dijeron que no había heridas abiertas —contestó Evelyn—. Revisarlo no supone ningún riesgo.
La sonrisa de Marissa se endureció.
—Si toca ese yeso sin autorización, llamaré a la policía.
Evelyn no respondió de inmediato. Observó a Noah, que se mordía el labio hasta hacerse sangre para no gritar.
Entonces abrió su bolso.
De su interior sacó una herramienta médica pequeña y afilada.
Daniel la miró sorprendido.
—¿Qué es eso?

—Un cortador para yesos.
—¿Por qué lo lleva consigo?
Evelyn sostuvo la mirada.
—Porque antes de ser niñera fui enfermera de traumatología pediátrica.
Por primera vez aquella noche, la expresión de Marissa vaciló.
Solo un instante.
Una fracción de segundo casi imperceptible.
Pero fue suficiente.
Evelyn la vio.
Y en ese momento comprendió que Noah había estado diciendo la verdad desde el principio.