Emma Carter solo tenía cuatro años, pero aquella noche se convirtió en la única persona capaz de salvar a Alejandro Moretti.

Emma Carter solo tenía cuatro años, pero aquella noche se convirtió en la única persona capaz de salvar a Alejandro Moretti.

—Azul arriba. Naranja al muslo.

La pequeña repetía las palabras que su madre le había enseñado para las emergencias mientras sujetaba el autoinyector con ambas manos. Sin vacilar, lo presionó contra el muslo del hombre tendido en el suelo.

Clic.

Alejandro sintió la inyección.

Minutos antes había estado trabajando solo en su despacho. Para muchos, Moretti era un hombre intocable: dirigía negocios valorados en miles de millones y bastaba mencionar su apellido para que incluso sus rivales midieran cada palabra.

Pero aquella noche nada de eso importaba.

Su garganta comenzó a cerrarse y respirar se volvió cada vez más difícil. Cayó al suelo sin poder pedir ayuda.

Hasta que Emma entró.

El medicamento actuó poco a poco. El aire volvió a llenar sus pulmones y, cuando consiguió abrir los ojos, descubrió a una niña arrodillada junto a él.

Emma llevaba un jersey amarillo gastado. En una mano sostenía el autoinyector vacío; con la otra abrazaba a Barnaby, su viejo conejo de peluche de oreja rota.

—Ahora cuenta hasta diez —le indicó con sorprendente serenidad—. El corazón irá muy rápido durante un rato, pero luego estarás mejor.

Alejandro permaneció mirándola, incapaz de responder.

Había superado traiciones, amenazas y enemigos poderosos, pero quien acababa de salvarlo era una niña que apenas le llegaba a la cintura.

—¡Emma!

Sarah Carter apareció aterrorizada en la puerta. Trabajaba como empleada doméstica en la residencia Moretti y, al encontrar a su hija en el despacho privado de su jefe, imaginó lo peor.

—¡Ven conmigo ahora mismo!

La abrazó con fuerza antes de mirar a Alejandro.

—Señor Moretti, discúlpela. No tenía permiso para entrar. Por favor, no la castigue.

Alejandro no respondió de inmediato.

Sus ojos se fijaron en la copa de vino sobre el escritorio.

Algo no estaba bien.

Alguien había introducido extracto de cacahuete en la bebida, sabiendo que podía desencadenarle una reacción alérgica extremadamente grave.

Y muy pocas personas conocían ese secreto.

—Sarah.

Ella se quedó rígida.

—¿Sí, señor?

Alejandro señaló a Emma.

—No tiene que disculparse por ella.

Luego añadió:

—Su hija acaba de salvarme la vida.

Sarah palideció al reconocer el autoinyector.

—Emma, dime que no utilizaste el último.

La niña asintió.

—No podía respirar, mamá. Tú dices que, si alguien necesita ayuda, debemos ayudarlo.

Alejandro observó a Sarah.

—¿Por qué no tienen otro?

—El seguro rechazó la reposición —respondió ella, avergonzada.

Moretti tomó inmediatamente su teléfono y ordenó que llevaran nuevos autoinyectores y un equipo médico completo.

Después tomó otra decisión.

—Esta noche dejarán el sótano. Las trasladarán a la suite familiar.

Sarah abrió mucho los ojos.

—Señor, esa zona está reservada para su familia.

—Lo sé.

Alejandro miró a Emma.

—Ella arriesgó lo único que tenía para mantenerme con vida. Para mí, eso significa algo.

Horas después, mientras revisaban el despacho, Emma señaló detrás del escritorio.

—Esa lucecita roja no estaba antes.

Bruno Lombardi, responsable de la seguridad de Moretti, apartó un panel decorativo.

Había una cámara diminuta escondida en la pared.

Revisaron las imágenes.

En la pantalla apareció una figura con guantes negros acercándose a la copa de Alejandro. El desconocido vertió unas gotas en el vino y miró brevemente hacia un lado.

Su rostro quedó perfectamente grabado.

El doctor Julian Vance.

El médico personal de Moretti.

Precisamente el hombre que conocía todos los detalles de su alergia.

Cuando Julian regresó a la residencia fingiendo preocupación, Alejandro ya lo estaba esperando.

—Me avisaron de que había ocurrido una emergencia —dijo el médico—. Vine en cuanto pude.

—No vino para ayudarme —respondió Alejandro—. Vino para comprobar que su plan había funcionado.

Puso frente a él una imagen extraída de la grabación.

Julian perdió el color del rostro.

Tras verse acorralado por las pruebas, finalmente pronunció un nombre:

—Marco.

Alejandro no necesitó preguntar quién era.

Marco Moretti, su propio primo.

Llevaba años deseando controlar el imperio familiar y estaba convencido de que, sin Alejandro, nadie podría impedirle hacerse con él.

Solo había un problema con su plan.

Alejandro seguía vivo.

Antes de enfrentarse a Marco, Moretti buscó a Emma.

La niña estaba sentada junto a su madre, abrazando a Barnaby. Alejandro se inclinó y colocó alrededor de su cuello una fina cadena de oro con un pequeño conejo como colgante.

—Para la persona que me recordó que todavía existen los milagros.

Sarah lo observó emocionada.

—No tiene que compensarnos por lo que hizo.

—No intento pagar una deuda —respondió él—. Algunas deudas no pueden pagarse.

Miró nuevamente a Emma.

—Hace tres años perdí a mi hija. Habría dado cualquier cosa por tener una segunda oportunidad con ella.

Su expresión se suavizó.

—Esta noche, Emma me dio una segunda oportunidad con mi propia vida.

Entonces el comunicador de Alejandro crepitó.

Era Bruno.

—Jefe, Marco acaba de llegar. Seis vehículos. Viene acompañado de más de veinte hombres.

El rostro de Alejandro cambió de inmediato.

—Cierren los accesos y aseguren el tercer piso.

Se dirigió hacia la puerta.

—¿Te vas? —preguntó Emma.

Alejandro se volvió.

—Tengo que resolver algo.

La pequeña apretó a Barnaby contra su pecho.

—Entonces recuerda respirar.

Durante unos segundos, Alejandro permaneció inmóvil.

Después sonrió.

—Te lo prometo.

Las puertas se cerraron a su espalda.

Marco Moretti había llegado convencido de que aquella noche heredaría un imperio.

Lo que todavía no sabía era que una niña de cuatro años acababa de arruinar todos sus planes.