Pensé que estaba donando sangre para mantener con vida al hombre que amaba.
Una hora después descubrí que Brendan nunca había estado en peligro.

El accidente no había ocurrido.
Y mi donación solo era la broma número 96 de una venganza que llevaba tres años ejecutándose a mis espaldas.
Todo comenzó cuando Mason y Wyatt, dos amigos de Brendan, me llamaron para decirme que había sufrido un grave accidente de coche.
No recuerdo siquiera cómo llegué a la clínica.
Solo recuerdo el miedo.
Me sometí a la extracción sin dudarlo porque estaba convencida de que mi sangre podía ayudar a salvarlo.
Cuando terminé, apenas podía mantenerme en pie.
Me sentía mareada y débil, pero eso no importaba.
Brendan estaba vivo.
O eso creía.
Mientras caminaba por el pasillo para marcharme, escuché risas detrás de una puerta entreabierta.
Entonces oí mi nombre.
—No puedo creer que Chloe haya vuelto a tragárselo.
Me detuve.
Reconocí la voz.
Era Mason.
Sentí un escalofrío.
En ese momento pasó frente a mí una enfermera con una pequeña nevera portátil. En la etiqueta aparecía mi nombre.
La seguí con la mirada.
Unos metros más adelante, abrió un contenedor para residuos biológicos y arrojó dentro la bolsa con la sangre que acababan de extraerme.
Me quedé inmóvil.
¿Por qué estaban desechándola si Brendan la necesitaba?
Me acerqué lentamente a la puerta de donde procedían las risas.
Y miré dentro.
Brendan estaba recostado cómodamente en una cama de una habitación VIP.
Sin heridas.
Sin máquinas manteniéndolo con vida.
Sin señales de haber sufrido ningún accidente.
Mason y Wyatt estaban junto a él, divirtiéndose.
—¿Cuántas llevamos? —preguntó Mason.
Wyatt respondió sin pensarlo:
—Noventa y seis.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Continuaron hablando.
Recordaban sus bromas favoritas como si estuvieran comentando episodios de una serie.
Una vez, Brendan fingió haber perdido una pulsera que supuestamente tenía un enorme valor sentimental para nosotros.
Me hicieron buscarla durante horas bajo una lluvia intensa.
Terminé enferma.
Otra vez me dijeron que Brendan necesitaba una operación de emergencia.
Pasé toda la noche despierta, rezando y esperando noticias que nunca tenían intención de darme.
Después estuvo la acusación falsa de plagio.
Aquella mentira terminó provocando que me perdiera mi propia graduación universitaria.
Durante tres años había pensado que tenía una suerte terrible.

Accidentes.
Malentendidos.
Emergencias.
Situaciones humillantes.
Nunca se me ocurrió pensar que todas compartían el mismo origen.
Brendan.
Entonces Mason dijo algo que terminó de destrozar cualquier duda.
—Solo faltan tres. Cuando lleguemos a noventa y nueve, puedes dejarla y volver con Scarlett.
Scarlett Montgomery.
Ese nombre me devolvió cuatro años atrás.
A una competición de danza que yo casi había olvidado.
Scarlett era la favorita.
Tenía dinero, entrenadores privados y contactos que parecían abrirle todas las puertas.
Todo el mundo esperaba verla ganar.
Pero aquella noche gané yo.
No sabía que Brendan había convertido mi victoria en una ofensa personal.
Mucho menos que había comenzado a salir conmigo por esa razón.
Durante tres años me había hecho creer que me amaba mientras utilizaba nuestra relación para castigarme por haber derrotado a Scarlett.
No entré en la habitación.
No grité.
No exigí explicaciones.
Simplemente me alejé antes de que descubrieran que había escuchado todo.
Al salir de la clínica, sonó mi teléfono.
Era mi madre.
Mis padres estaban organizando su mudanza a Tucson y llevaban meses pidiéndome que me fuera con ellos.
Siempre había respondido que no.
Por Brendan.
Aquella vez mi respuesta fue diferente.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
Respiré hondo.
—Guárdame una habitación.
Esa misma noche Brendan apareció frente a mi apartamento.
No abrí la puerta.
—Sé lo que hicieron —dije desde dentro—. Lo escuché todo.
Esperaba una disculpa.
Una explicación.
Tal vez incluso una negación.
Su respuesta fue peor.
—Chloe, era una broma. Nadie te obligó a donar.
En ese instante comprendí que no quedaba nada que salvar.
—Tienes razón —respondí—. Nadie me obligó.
Hice una pausa.
—Y tampoco nadie me obliga a seguir contigo.
A la mañana siguiente empecé a hacer las maletas.
Mis padres vinieron a ayudarme.
Entonces recibí una llamada inesperada.
Scarlett.
Admitió que sabía que Brendan nunca había superado mi victoria, pero negó haber participado en su plan.
—Yo perdí aquella competición —me dijo—. Lloré, me enfadé y después seguí con mi vida. Él fue quien decidió convertirlo en una obsesión.
Según Scarlett, Brendan ni siquiera estaba intentando defenderla.
Lo que realmente no soportaba era que alguien como yo hubiera ganado.
Yo no tenía su dinero.
Ni sus contactos.
Ni sus entrenadores exclusivos.
Para Brendan, Scarlett representaba a la persona que «debía» ganar.
Y mi victoria había roto esa idea.
Después Scarlett me contó algo todavía más inquietante.
Brendan había registrado cada una de las venganzas.
Había creado un archivo.

Fechas.
Fotos.
Vídeos.
Mensajes.
Capturas de pantalla.
Todo estaba organizado y numerado.
El plan final era llegar al número 99.
Entonces organizaría una fiesta y me enseñaría el archivo delante de todos.
Quería revelarme que nuestros tres años juntos no habían sido una historia de amor, sino una especie de experimento cruel para descubrir cuánto estaba dispuesta a soportar antes de dejar de amarlo.
Scarlett me envió algunas capturas.
**N.º 14:** Fingir que Brendan olvidó su cumpleaños.
**N.º 31:** Esconder su presentación antes de una entrevista.
**N.º 47:** Dejarla sola esperando en un restaurante.
**N.º 81:** Burlarse del regalo que hizo con sus propias manos.
Seguí deslizando la pantalla.
Entonces apareció:
**N.º 96: accidente falso + donación de sangre.**
Debajo había un comentario escrito por Brendan:
«Funcionará. Chloe haría cualquier cosa si cree que estoy muriendo».
Aquella frase me dolió.
Pero también terminó de liberarme.
Me fui a Tucson.
Los primeros meses no fueron fáciles.
Salir de una relación no borra automáticamente todos los recuerdos.
A veces pensaba en los pocos momentos en los que Brendan había parecido sincero.
Pero cada semana pensaba menos en él y un poco más en mí.
Encontré trabajo.
Me apunté a un programa artístico de la comunidad.
Y un día terminé frente a la puerta de un estudio de danza.
Entrar fue más difícil de lo que esperaba.
Los espejos me devolvieron inmediatamente a aquella competición.
Al momento que había iniciado todo.
Aun así, regresé al día siguiente.
Y al siguiente.
Seis meses después volví a subir a un escenario.
Una pequeña compañía de danza encontró un vídeo de aquella actuación y me invitó a una audición.
Por primera vez en años, bailar dejó de estar relacionado con Scarlett, Brendan o una vieja competición.
Volvió a ser mío.
Mientras yo reconstruía mi vida, la de Brendan empezó a desmoronarse.
Scarlett dejó de hablarle.
Algunos de sus propios amigos se distanciaron de él.
Y el archivo de las noventa y nueve venganzas terminó circulando entre personas de su entorno.
Ya no podía presentar todo aquello como simples bromas.
Un año después, mi antigua universidad me invitó a participar en un evento sobre recuperación emocional y relaciones saludables.
Al terminar, vi a Brendan esperándome.
Parecía distinto.
—Fui cruel contigo —dijo—. Lo siento.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Por cuál de las noventa y seis veces?
Bajó la mirada.
—Por todas.

Me explicó cuánto había perdido.
Amigos.
El apoyo de su familia.
Personas que antes estaban siempre a su alrededor.
Negué lentamente con la cabeza.
—Eso que acabas de describir no es una disculpa, Brendan.
Me miró.
—Entonces, ¿qué es?
—Las consecuencias.
Después me preguntó si algún día sería capaz de perdonarlo.
Recordé cómo había salido de aquella clínica.
Mareada.
Asustada.
Todavía pensando que debía demostrar cuánto lo amaba.
Aquella mujer parecía pertenecer a otra vida.
—No sé si necesito perdonarte —respondí—. Lo que sí sé es que ya no necesito odiarte para mantenerte fuera de mi vida.
Me di la vuelta.
Cuando ya me alejaba, Brendan gritó:
—¿De verdad eres feliz sin mí?
Me detuve un instante.
Después sonreí.
—Estoy aprendiendo a ser feliz sin necesitar la aprobación de nadie.
Antes de regresar a casa compré un par de zapatos de baile nuevos.
Brendan había diseñado noventa y nueve venganzas.
Solo consiguió llegar a la número 96.
Nunca tuvo oportunidad de ejecutar las últimas tres.
Porque aquella falsa emergencia consiguió exactamente lo contrario de lo que él esperaba.
Yo había entrado en la clínica creyendo que quizá tendría que salvarle la vida.
Salí comprendiendo que la vida que necesitaba rescatar era la mía.
Y desde aquel día, Brendan nunca volvió a tener poder sobre ella.