Sophia Rossi comprendió que su tranquilidad acababa de terminar cuando Vanessa Genovese apareció en la cocina de la mansión Moretti y, sin siquiera saludarla, se acercó a Dante para besarlo en la mejilla.

LA MANSIÓN QUE PARECÍA UNA PRISIÓN

Sophia Rossi comprendió que su tranquilidad acababa de terminar cuando Vanessa Genovese apareció en la cocina de la mansión Moretti y, sin siquiera saludarla, se acercó a Dante para besarlo en la mejilla.

—Podrías haberme avisado de que habías regresado —dijo Vanessa.

Dante apenas levantó la mirada.

—No sabía que tuviera que informarte de mis movimientos.

Vanessa sonrió, aunque no había calidez alguna en su expresión.

—Una mujer debería saber dónde pasa la noche el hombre con el que va a casarse.

Sophia bajó la mirada y continuó con lo que estaba haciendo.

Casarse.

Aquella palabra le produjo una sensación incómoda que intentó ignorar.

No tenía derecho a sentirse así. Ella no formaba parte del mundo de Dante Moretti. Su trabajo consistía en cuidar de Elena, la madre de ochenta años del poderoso empresario. Nada más.

Sin embargo, Elena observaba mucho más de lo que los demás imaginaban.

Horas después, cuando estuvieron solas, la anciana habló.

—Dante creció rodeado de personas convencidas de que querer a alguien te vuelve vulnerable. Vanessa es diferente: para ella, querer significa poseer.

Sophia no respondió, pero aquellas palabras permanecieron en su cabeza.

Esa misma noche, durante la cena, Vanessa anunció delante de todos cuándo se celebraría su boda.

Dante dejó los cubiertos sobre la mesa.

—No hemos decidido ninguna fecha.

—Nuestros padres sí.

—Precisamente. Ellos llegaron a ese acuerdo. Yo nunca lo hice.

Después de la cena, Sophia lo enfrentó.

—Si no quieres casarte con ella, deberías dejarlo claro.

Dante la miró durante unos segundos.

—Nunca le di un anillo.

—Eso no responde a la pregunta.

—No estoy enamorado de Vanessa.

Sophia sostuvo su mirada.

—Entonces arregla tu vida antes de mirarme como si quisieras que yo formara parte de ella.

A la mañana siguiente, todo cambió.

El padre de Sophia, Anthony, la llamó completamente alterado. Dos desconocidos habían aparecido en su casa para reclamarle una deuda antigua que él creía saldada desde hacía años.

Poco después, Sophia encontró una fotografía suya.

En el reverso habían escrito:

«DESHAZTE DE LA CAMARERA ANTES DE QUE TERMINE COSTÁNDOTE DEMASIADO».

Sophia hizo la maleta.

Dante se interpuso.

—No vas a marcharte mientras alguien te esté amenazando.

—No quieres que me quede solo para protegerme.

Él guardó silencio.

Sophia esperó.

Finalmente, Dante dejó de esconderse detrás de las excusas.

—Desde que llegaste, esta casa ha cambiado. Yo también. No quiero perder eso.

—¿Qué es exactamente lo que no quieres perder?

Dante respondió sin apartar los ojos de ella.

—El hogar que creaste aquí.

Antes de que pudieran continuar, escucharon un ruido.

Elena se había desplomado.

Tras recuperarse, la anciana decidió revelar un secreto que llevaba once años guardando.

Marco, el hermano mayor de Dante, no había muerto debido a un accidente fortuito.

Elena llevaba años convencida de que el padre de Vanessa estaba detrás de su muerte.

Nunca se lo había contado a Dante porque sabía lo que sucedería si su hijo descubría la verdad. Los Moretti responderían. Los Genovese harían lo mismo.

Y otras familias terminarían pagando las consecuencias.

Pocos días después, durante una gala organizada por la Fundación Moretti, Dante recibió documentos que demostraban que Elena tenía razón.

Marco había sido víctima de una operación deliberada.

Dante apenas tuvo tiempo de asimilarlo.

Las luces del museo se apagaron de repente.

En medio de la confusión, el chófer de Vanessa sujetó a Sophia e intentó obligarla a salir por una puerta lateral.

No contó con Elena.

La anciana levantó su bastón y lo golpeó con todas sus fuerzas.

Aquellos pocos segundos bastaron para que los agentes de seguridad llegaran hasta ellos.

Pero Vanessa había desaparecido.

La confirmación de lo ocurrido con Marco dejó a Dante dividido entre la rabia y el deber.

—Si respondo como esperan de mí, habrá muertos —dijo.

—¿Y si decides no hacerlo? —preguntó Sophia.

—Todos pensarán que los Moretti se han vuelto débiles.

Sophia tomó su mano.

—Tal vez ser fuerte signifique tener el valor de detener algo que nadie antes se atrevió a detener.

El teléfono de Dante sonó antes de que pudiera contestar.

Anthony había desaparecido.

Cuando fueron a su casa, encontraron la cama vacía y un sobre rojo sobre la almohada.

Dentro solo había tres palabras:

«ELIGE TU FAMILIA».

Dante juró que recuperaría al padre de Sophia.

Ella lo detuvo.

—Tráelo de vuelta, sí. Pero no conviertas esto en una guerra.

Aquella noche, Dante tomó una decisión que habría escandalizado a varias generaciones de su familia.

No llamó a hombres armados.

No ordenó represalias.

No buscó venganza.

Entregó a las autoridades todo lo que poseía: documentos bancarios, amenazas, nombres, movimientos financieros y las nuevas pruebas relacionadas con la muerte de Marco.

Horas después, la estructura que durante años había protegido a los Genovese comenzó a derrumbarse.

Al amanecer encontraron a Anthony con vida.

Vanessa y su padre fueron interceptados antes de que lograran huir.

En ciertos círculos, comenzaron a decir que Dante Moretti había perdido su autoridad.

Que se había ablandado.

Que un verdadero Moretti habría respondido de otra manera.

Elena escuchó aquellos comentarios y se limitó a decir:

—Por fin se ha convertido en mi hijo.

Varias semanas después, Sophia encontró a Dante en el cementerio, frente a la tumba de Marco.

—Durante años intenté convertirme en el hombre que mi apellido exigía —confesó—. Nunca pensé en preguntarme qué clase de hombre quería ser yo.

Sophia se colocó a su lado.

—Todavía puedes hacerlo.

—¿Y si no encuentro la respuesta?

—No necesitas encontrarla toda de una vez.

Dante la miró.

—¿Por dónde empiezo?

Sophia sonrió.

—Podrías invitarme a cenar.

Seis meses después, las cosas eran muy diferentes.

Anthony estaba a salvo. Elena se había recuperado lo suficiente como para volver a criticar cada plato que aparecía delante de ella. Y Sophia ya no recibía un salario por vivir en aquella casa.

Una tarde entró en la cocina y encontró a Dante cubierto de harina, contemplando una masa de pasta que parecía haber perdido una batalla.

—Esto es absurdo —murmuró él—. Dirijo diecisiete empresas.

Sophia observó la encimera.

—Y una bolsa de harina acaba de destruir tu reputación.

Desde la mesa, Elena soltó una carcajada.

Dante extendió una mano blanca de harina hacia Sophia.

—Toda mi vida me explicaron qué debía significar la palabra «familia».

Sophia aceptó su mano.

—¿Y qué significa para ti ahora?

Dante entrelazó los dedos con los suyos.

—Son las personas que quieres proteger sin encerrarlas. Las que permanecen contigo no porque estén obligadas, sino porque desean quedarse.

Sophia recorrió la mansión con la mirada.

Durante mucho tiempo había pensado que aquel lugar era una fortaleza disfrazada de hogar.

Los altos muros seguían rodeando la propiedad.

Las enormes puertas continuaban protegiendo la entrada.

Nada de aquello había cambiado.

Lo que había desaparecido era el miedo.

Entonces Sophia comprendió que las jaulas más difíciles de abandonar no siempre tienen barrotes.

Algunas están construidas con obligaciones, secretos y temor.

Durante generaciones, los Moretti habían vivido dentro de una de ellas creyendo que era poder.

Dante había sido el primero en abrir la puerta.

Y, por primera vez, ninguno de ellos necesitaba permiso para salir.