SU HIJO LE ARRANCÓ LA CUCHARA DE LA MANO ANTES DEL PRIMER BOCADO… Y SEÑALÓ A SU MADRASTRA: «HIZO LO MISMO LA NOCHE EN QUE MAMÁ MURIÓ»

SU HIJO LE ARRANCÓ LA CUCHARA DE LA MANO ANTES DEL PRIMER BOCADO… Y SEÑALÓ A SU MADRASTRA: «HIZO LO MISMO LA NOCHE EN QUE MAMÁ MURIÓ»

PARTE 1 — EL PLATO QUE ALEJANDRO NO LLEGÓ A PROBAR

—¡Papá, no!

La voz de Mateo atravesó el salón.

Alejandro Valdés se quedó inmóvil con la cuchara a pocos centímetros de los labios.

Su hijo de nueve años se había abalanzado sobre él y ahora le sujetaba la muñeca con las dos manos.

—No comas eso —insistió el niño.

Las conversaciones de las mesas más cercanas comenzaron a apagarse.

Alejandro dejó lentamente la cuchara.

—Mateo, ¿qué ocurre?

El niño no respondió de inmediato.

Miraba a Valeria.

La mujer que ocupaba la silla junto a Alejandro había dejado de sonreír.

—Ella puso algo en tu comida.

Valeria soltó una breve carcajada.

—Por favor, Alejandro. Ya sabes cómo se pone Mateo conmigo.

Pero el niño señaló el bolso negro situado junto a su silla.

—La cápsula está ahí.

Alejandro dirigió la mirada hacia Valeria.

—¿De qué cápsula habla?

—De ninguna. Está inventando cosas otra vez.

—Te he hecho una pregunta.

Valeria respiró hondo.

—No puse nada en tu plato.

El jefe de camareros, que había presenciado parte de la escena, se aproximó con cautela.

—Señor Valdés, podemos retirar la comida si lo desea.

Valeria extendió rápidamente una mano hacia el plato.

—Exactamente. Lléveselo y terminemos con esta tontería.

Alejandro fue más rápido.

Apartó el plato fuera de su alcance.

—No.

El camarero se detuvo.

—Que nadie toque la comida.

Para entonces, la música seguía sonando, pero buena parte del salón había quedado en silencio.

Los invitados observaban.

Mateo soltó por fin la muñeca de su padre.

—La vi —dijo con voz temblorosa—. Cuando fuiste al baño, sacó una cápsula azul. La abrió y echó el polvo en la salsa.

Valeria palideció.

—Eso jamás ocurrió.

—Después guardaste la cápsula vacía en tu bolso.

Alejandro se volvió hacia uno de los empleados.

—Avise a seguridad. Y que nadie salga hasta que sepamos qué está pasando.

Valeria se levantó de golpe.

—¿Hablas en serio? ¿Vas a montar todo esto porque un niño de nueve años dice haber visto algo?

—No. Lo hago porque estás intentando llevarte el bolso en el que asegura que escondiste una prueba.

Valeria lo agarró.

El jefe de camareros se interpuso antes de que pudiera marcharse.

—Apártese —exigió ella.

Alejandro negó con la cabeza.

—Deja el bolso donde está. Nadie lo abrirá hasta que llegue la policía.

Aquello cambió la expresión de Valeria.

—¿La policía? Alejandro, esto es absurdo. Era un suplemento.

—Hace treinta segundos dijiste que Mateo se lo había inventado.

Valeria vaciló.

—Quería decir que se equivocó sobre lo que vio. Pensaba poner el suplemento en mi bebida.

Alejandro señaló el bolso.

—Entonces será fácil comprobarlo.

Mateo comenzó a llorar.

Su padre se olvidó por un instante de todos los que los observaban y se arrodilló frente a él.

—Mírame, hijo.

Mateo levantó los ojos.

—Antes dijiste que Valeria ya había hecho esto. ¿Qué querías decir?

El niño permaneció en silencio unos segundos.

Después pronunció las palabras que Alejandro jamás esperaba escuchar.

—La noche en que murió mamá.

Alejandro sintió que se le helaba la sangre.

—Explícamelo.

Mateo miró hacia Valeria.

—Yo la vi.

Dieciocho meses antes, Elena todavía estaba viva.

Aquella noche, la familia cenaba en la mansión. Mateo había bajado a buscar un vaso de agua cuando vio luz en la cocina.

Valeria estaba allí.

En aquella época no era la pareja de Alejandro.

Era la asistente personal de Elena.

Mateo la vio de pie junto a la bebida de su madre con una pequeña caja entre las manos.

Dentro había varias cápsulas azules.

Valeria abrió una.

Vació su contenido en la taza.

Después removió la bebida.

Mateo no sospechó nada.

Pensó que se trataba de algún medicamento.

Horas después, Elena perdió el conocimiento.

La ambulancia llegó demasiado tarde.

Murió antes de alcanzar el hospital.

Alejandro apenas podía hablar.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Mateo lo miró desconcertado.

—Sí te lo dije, papá.

Aquella respuesta fue peor que cualquier acusación.

—¿Cuándo?

—Después del funeral. Te dije que había visto a Valeria echar algo en la taza de mamá.

Y entonces Alejandro lo recordó.

Entre el dolor, las visitas y las noches sin dormir, Mateo había intentado contarle algo.

Pero Valeria estaba allí.

Ella había explicado que el niño seguramente la había visto preparando uno de los medicamentos de Elena.

Alejandro había querido creerlo.

Necesitaba creerlo.

—Me dijiste que eran las medicinas de mamá —añadió Mateo—. Pero después encontré la caja de cápsulas escondida en la habitación de Valeria.

—¡Basta! —exclamó ella—. Elena tenía una enfermedad cardíaca. Su muerte está documentada.

Alejandro se volvió hacia ella.

—Yo conocía cada medicamento que tomaba mi esposa.

Señaló el bolso.

—Y ninguno era una cápsula azul.

En ese momento aparecieron los responsables de seguridad del hotel acompañados por dos agentes asignados al evento.

Alejandro explicó lo ocurrido.

El bolso quedó sobre la mesa y fue abierto delante de varios testigos.

Primero apareció un pequeño frasco sin etiqueta.

Después, cinco cápsulas azules intactas.

Y una sexta cápsula vacía.

Nadie dijo una palabra.

Uno de los agentes siguió revisando el bolso.

Encontró entonces un sobre.

Alejandro reconoció inmediatamente el membrete.

Procedía de la notaría que gestionaba sus asuntos legales.

Valeria intentó arrebatárselo.

—Eso es privado.

Alejandro retiró la mano.

—Hace un momento querías marcharte con él. Ahora quiero saber por qué.

Abrió el sobre.

En su interior había una copia del testamento que había firmado aquella misma mañana.

Al principio, todo parecía normal.

Hasta que llegó a una cláusula que no recordaba haber leído.

En caso de fallecimiento o incapacidad de Alejandro Valdés, Valeria recibiría de inmediato el control de sus acciones empresariales.

Alejandro volvió a leer el párrafo.

Después observó la fecha.

Algo no cuadraba.

La modificación parecía haber sido incorporada después de que él firmara el documento.

Levantó lentamente la mirada.

Valeria ya no intentaba discutir.

—Ahora lo entiendo —dijo Alejandro.

—No entiendes nada.

—No necesitabas que me sintiera mal.

Dio un paso hacia ella.

—Necesitabas que no pudiera salir de aquí por mi propio pie.

PARTE 2 — EL SECRETO QUE ELENA INTENTÓ SACAR A LA LUZ

Valeria fue trasladada a una sala privada mientras los agentes aislaban todo lo relacionado con la cena.

El plato de Alejandro.

La cuchara.

El bolso.

El frasco.

Las cápsulas.

Y el documento.

Valeria insistió en que todo tenía una explicación.

—No tuve nada que ver con la muerte de Elena —repitió—. Y yo no redacté esa cláusula. Pregúntale a tu abogado.

Alejandro no respondió.

Sacó el teléfono y llamó a don Ernesto Vidal, el notario que llevaba años ocupándose de los documentos de la familia.

—Necesito que venga al hotel.

—¿Ha ocurrido algo?

Alejandro miró a través del cristal hacia la sala donde se encontraba Valeria.

—Quiero que me diga exactamente qué documento firmé esta mañana.

Don Ernesto llegó unos cuarenta minutos después.

Alejandro puso la copia delante de él.

El anciano comenzó a leer.

Al llegar a la cláusula sobre las acciones, se detuvo.

Volvió a leerla.

Después examinó la firma y la fecha.

Su expresión cambió.

—Alejandro…

—¿Qué ocurre?

Don Ernesto levantó lentamente la mirada.

—Esta cláusula no figuraba…