Tres veces le pedí al vecino del piso de arriba que dejara de lanzar bolsas de té usadas a mi balcón. La primera vez se disculpó. La segunda actuó como si no tuviera importancia. La tercera simplemente se rio.

Tres veces le pedí al vecino del piso de arriba que dejara de lanzar bolsas de té usadas a mi balcón. La primera vez se disculpó. La segunda actuó como si no tuviera importancia. La tercera simplemente se rio.

Después de aquello, dejé de insistir.

Con el paso de los días, incluso aprendí sus horarios. Casi todas las mañanas, alrededor de las siete, aparecía una bolsa de té. Por la noche, cerca de las nueve, solía caer otra.

Al principio quise creer que se trataba de simples accidentes. Pero cambié de opinión cuando una bolsa húmeda aterrizó sobre una toalla blanca que había dejado secándose sobre una silla. La mancha marrón quedó perfectamente visible.

Subí hasta el apartamento 4B y llamé a la puerta.

—¿Esto es tuyo? —pregunté, mostrándole la bolsa.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Se cayó de mi balcón?

—Y no es la primera vez.

Pareció avergonzado. Me pidió disculpas y explicó que algunas mañanas tomaba el té en el balcón y, por costumbre, tiraba la bolsa sin pensar dónde terminaría.

—No volverá a ocurrir —prometió.

A la mañana siguiente encontré otra bolsa mojada.

Aun así, decidí no crear un conflicto. Durante casi tres semanas soporté la situación. Llevaba once años viviendo en aquel edificio y siempre había intentado mantener una buena relación con todos. Regaba plantas cuando alguien viajaba, recibía entregas, cuidaba mascotas e incluso guardaba los paquetes de aquel mismo vecino cuando él no estaba.

Pero una noche escuché de nuevo aquel sonido inconfundible.

Plop.

Salí al balcón.

Esta vez, la bolsa había caído justo encima del cojín de mi silla favorita y había dejado una nueva mancha.

Volví a subir.

—Sigues tirando tus bolsas de té a mi balcón.

Él apenas reaccionó.

—Vamos, solo es té.

—Primero estropeaste mi toalla. Ahora has manchado el cojín.

Se encogió de hombros.

—Vives debajo de mí. A veces las cosas caen. Es lo que pasa cuando vives en un edificio.

—No están cayendo por accidente. Tú las estás lanzando.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—Deberías alegrarte de que solo sea té.

Lo miré sorprendida.

—¿Y eso qué significa?

—Que podría ser algo peor.

Cerró la puerta delante de mí.

En ese momento comprendí que el verdadero problema ya no eran las bolsas. Era su actitud.

Podía haber empezado a gritarle, pero sabía exactamente cómo habría terminado aquello: él les contaría a los demás vecinos que la mujer de abajo estaba armando un escándalo absurdo por unas simples bolsitas de té.

Así que decidí hacer algo diferente.

Le daría una última oportunidad.

A las 7:04 de la mañana siguiente escuché:

Plop.

Otra bolsa apareció junto a mis macetas.

Me quedé mirándola unos segundos.

Entonces sonreí.

Antes de terminar mi café ya sabía exactamente qué iba a hacer.

No quería romper nada, meterme en problemas ni discutir otra vez en el pasillo. Solo quería conseguir que comprendiera algo muy sencillo: lo que para él era un gesto insignificante se había convertido en una molestia diaria para otra persona.

Al día siguiente salí al balcón a las 6:55.

A las 7:03 escuché cómo se abría la puerta corrediza del balcón superior.

Poco después apareció una mano sobre la barandilla.

Y cayó una bolsa de té.

Esta vez no llegó al suelo.

La atrapé con un recipiente grande de plástico.

—¡Perfecto! —grité.

Su cabeza apareció inmediatamente por encima de la barandilla.

—¿Qué demonios estás haciendo?

En lugar de responder, señalé una pequeña mesa plegable que había preparado el día anterior.

Encima había colocado un frasco transparente. En su interior estaban todas las bolsas de té que había recogido durante el último mes.

Junto al frasco había puesto la toalla manchada y el cojín estropeado.

Y delante de todo había un cartel escrito a mano:

TU PEQUEÑA COSTUMBRE. MI PROBLEMA DE TODOS LOS DÍAS.

Por primera vez, no sonrió.

—¿Has guardado todas esas bolsas?

—Absolutamente todas.

Se quedó observando el frasco durante unos segundos antes de desaparecer de la barandilla.

Pocos minutos después llamaron a mi puerta.

Cuando abrí, allí estaba él.

Pero esta vez no había rastro de arrogancia en su rostro.

—No sabía que había tirado tantas —dijo.

—Precisamente por eso las guardé.

Suspiró.

—Pensaba que estabas exagerando.

—Es fácil pensar que un problema es insignificante cuando no eres tú quien tiene que soportarlo cada día.

Bajó la mirada.

Durante unos segundos permaneció en silencio.

—Mi madre decía algo parecido —murmuró finalmente—. Siempre decía que el verdadero respeto se demuestra cuando haces lo correcto incluso si hacer lo contrario no te perjudica a ti.

Miró en dirección a mi balcón.

—Se enfadaría muchísimo si supiera que me he convertido en ese vecino que arroja basura a la propiedad de los demás.

Después añadió:

—Quiero pagarte un cojín nuevo.

Dos días más tarde encontré un paquete delante de mi puerta.

Dentro había un cojín nuevo, una pequeña planta de lavanda y una nota.

PARA EL BALCÓN QUE DEBÍ RESPETAR DESDE EL PRIMER DÍA. PERDÓNAME.

Desde entonces no volvió a caer ni una sola bolsa de té.

Sin embargo, aquello no fue lo único que cambió.

Unas semanas después, mi vecino me encontró intentando subir varias bolsas pesadas de la compra. Sin que yo se lo pidiera, tomó dos y me ayudó a llevarlas hasta mi apartamento.

Nunca nos convertimos en grandes amigos. Tampoco hacía falta.

Simplemente empezamos a comportarnos como buenos vecinos.

Nos saludábamos cuando coincidíamos, recibíamos los paquetes del otro y echábamos una mano cuando era necesario.

Pasaron varios meses.

Una mañana de primavera abrí la puerta y descubrí una pequeña caja apoyada en el suelo.

Era una caja de té.

Encima había una nota:

PENSÉ QUE YA ERA HORA DE QUE EL TÉ LLEGARA A TU CASA COMO DEBE SER.

No pude evitar reírme.

Aquella tarde preparé una taza, salí al balcón y me senté junto a la lavanda que él me había regalado.

Durante mucho tiempo había imaginado que toda aquella historia terminaría con algún tipo de venganza.

Al final ocurrió algo mucho mejor.

A veces alguien puede convencerse de que sus acciones no tienen importancia simplemente porque nunca tiene que enfrentarse a sus consecuencias.

Pero cuando finalmente ve delante de sí todo lo que ha ido acumulando sobre otra persona, la perspectiva puede cambiar por completo.

Y, en ocasiones, basta con verlo una sola vez para decidir no volver a hacerlo.