Un hombre adinerado descubre a la hija pequeña de su ama de llaves escondida en su mansión: su reacción sorprendió a todos.
Emma Brooks se deslizó del estrecho colchón en el suelo, con cuidado de no despertar a su bebé.

El apartamento estaba helado, un frío que calaba hasta los huesos. Un ligero olor a detergente y pintura vieja impregnaba la pequeña habitación.
La calefacción llevaba semanas estropeada y el casero ya no respondía a sus mensajes.
Emma se movió en silencio, se puso el uniforme y se recogió el pelo. Limpiar oficinas no era un trabajo de ensueño, pero pagaba lo suficiente para alimentar a su familia. Eso era todo lo que importaba ahora.
Su teléfono vibró.
Se quedó paralizada.
Nadie llamaba a esa hora a menos que fuera una emergencia.

Cuando vio el número de la guardería en la pantalla, sintió una opresión en el pecho.
Contestó con mano temblorosa.
«Señora Brooks», dijo la mujer con voz monótona. «Su hija tiene fiebre alta. Lleva tosiendo desde medianoche. Tiene que venir a recogerla inmediatamente».
«Por favor», susurró Emma. «Estoy en el trabajo. Yo…»
La llamada terminó.

Emma se quedó mirando la pantalla un segundo, luego agarró su bolso y salió corriendo.
Una decisión que ninguna madre debería tener que tomar jamás.
Lily tenía mucha fiebre cuando llegó Emma. Su pequeño cuerpo temblaba contra el pecho de Emma; sus débiles llantos eran apenas audibles.
De vuelta en su apartamento, Emma envolvió a su hija en todas las mantas que encontró. El botiquín estaba vacío. Había usado la última dosis hacía varios días.
Su teléfono volvió a sonar.

Esta vez, era su superior.
«¿Dónde estás?», espetó. «Tenemos un cliente importante hoy. Una propiedad privada en Brookhaven Hills. Si no apareces, no vuelvas.»