«¿Vas a dejarme sola otra vez esta noche?»
Cuando Adrián cruzó la puerta de la mansión, el reloj ya había pasado la medianoche. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales con insistencia. Dentro, la cocina permanecía iluminada por una tenue luz dorada que hacía el ambiente más acogedor.

Marina seguía esperando.
Estaba junto a la estufa terminando la cena que había preparado para ambos. La mesa estaba servida, las velas encendidas y los platos listos. Al verlo entrar, sonrió con alivio.
—Por fin llegaste.
Pero Adrián apenas le dedicó una mirada. Se quitó el abrigo y tomó las llaves del coche.
—No me esperes para cenar. Tengo que salir de nuevo.
La cuchara que Marina sostenía cayó sobre la encimera.
—¿Ahora? ¿A estas horas?
—Es algo importante.
Ella bajó la vista.
—Otra noche más…
Su voz sonó cansada y triste.
Por un instante, Adrián pareció dudar. Sin embargo, se limitó a acercarse a la puerta.
—Regresaré muy tarde.
Segundos después, ya se había marchado.
Marina permaneció inmóvil.
Aquella situación se repetía desde hacía meses. Él aparecía unos minutos en casa y desaparecía hasta el amanecer. Al principio creyó que se trataba de trabajo. Después comenzaron las preguntas. Y finalmente llegaron las sospechas.
¿Le estaba ocultando algo?
¿Existía otra mujer?
¿O quizá enfrentaba problemas tan graves que no se atrevía a compartirlos?
Esa noche decidió averiguarlo.
Veinte minutos después, arrancó su vehículo y siguió discretamente el todoterreno de su esposo.
Durante casi media hora recorrieron la ciudad.

No se dirigían al distrito financiero.
Tampoco a ningún restaurante elegante.
Ni a un hotel.
Ni a una reunión empresarial.
Finalmente, Adrián estacionó frente a un edificio antiguo ubicado en las afueras.
Marina apagó el motor y observó desde lejos.
Él entró sin vacilar.
La mujer levantó la vista hacia el letrero desgastado que colgaba sobre la entrada.
**Centro Infantil de Recuperación y Apoyo.**
Frunció el ceño.
¿Qué hacía allí?
Movida por la curiosidad, se acercó a una ventana.
Y lo que vio la dejó sin aliento.
Dentro había decenas de niños.
Algunos pintaban.
Otros jugaban.
Varios leían sentados en pequeños rincones decorados con colores vivos.
Y en medio de todos estaba Adrián.
No el empresario serio y distante que dirigía una de las constructoras más exitosas del país.
No el hombre reservado que apenas mostraba emociones.
Allí sonreía.
Reía con los niños.
Ayudaba a uno a construir un avión de juguete.
Escuchaba atentamente a otro que quería mostrarle un dibujo.
Consolaba a una niña que acababa de llorar.
Marina sintió que estaba viendo a un desconocido.
Un trabajador del centro se acercó entonces a Adrián con varios documentos.
—Gracias a su ayuda hemos terminado la rehabilitación del segundo edificio.
—Yo solo puse los recursos —respondió él—. Los verdaderos protagonistas son ellos.
—Nadie sabe que usted financió todo el proyecto.
—Y prefiero que siga siendo así.
Marina permaneció inmóvil.
Entonces escuchó algo que llamó aún más su atención.
—Por cierto, la próxima semana podremos inaugurar oficialmente la nueva sede.
—Perfecto —respondió Adrián—. Debe estar lista antes del cumpleaños de Marina.
Ella abrió los ojos sorprendida.
¿Su cumpleaños?

—Estoy seguro de que le emocionará —comentó el trabajador—. Después de todo, este lugar nació gracias a un sueño suyo.
Adrián guardó silencio unos segundos.
—Ella siempre deseó que ningún niño se quedara sin ayuda por falta de dinero.
Marina sintió un nudo en la garganta.
Diez años atrás había perdido a su hermano menor tras una larga enfermedad. Desde entonces repetía una idea que jamás creyó que alguien tomara en serio: crear un centro donde los niños recibieran apoyo gratuito.
Pensó que aquellas conversaciones habían quedado en el olvido.
Pero Adrián las había recordado.
Y durante meses había estado trabajando en secreto para convertir aquel sueño en realidad.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
De pronto, una voz sonó detrás de ella.
—Sabía que tarde o temprano me seguirías.
Marina se giró sobresaltada.
Adrián estaba en la puerta.
—¿Por qué no me lo contaste?
Él sonrió suavemente.
—Porque quería mostrártelo cuando estuviera terminado.
Ella observó a los niños que llenaban el salón de risas.
—¿Todo esto es para mí?
—Para ti. Y para la memoria de tu hermano.
Marina intentó responder, pero la emoción le cerró la garganta.
Fue entonces cuando vio una carpeta sobre una mesa cercana.
En la cubierta podía leerse:

Proyecto Andrés. Ceremonia de Apertura.
La abrió casi sin pensar.
Pasó varias páginas.
Y de repente se quedó inmóvil.
Al final del documento aparecían dos firmas.
La primera era la de Adrián.
La segunda pertenecía a alguien que ella nunca había oído nombrar.
Según aquellos papeles, esa persona era copropietaria de la mitad del centro.
Marina levantó lentamente la mirada.
—Adrián… ¿quién es Victoria Lebedeva?
El color desapareció del rostro de su marido.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir.