Andrei miró al chico como si hubiera visto un fantasma.
El mundo a su alrededor se había reducido a los finos dedos que aún temblaban sobre las teclas y la pequeña marca de nacimiento en su muñeca: una copia exacta de la que había besado tantas veces antes de dormirse, tantos años atrás. Extendió la mano, pero no la tocó, como si temiera que la visión se desvaneciera.

«¿Cómo te llamas?». Su voz se quebró, perdiendo su confianza habitual.
El chico lo miró confundido, como si no pudiera entender por qué ese hombre elegante estaba arrodillado ante él.
«Matthieu, señor.»
El nombre lo impactó de repente. No encajaba en ninguno de sus recuerdos. Y, sin embargo, la marca de nacimiento… y la música. La misma música.
«¿Quién te enseñó a cantar?» Andrei se levantó con dificultad, pero no le quitó los ojos de encima.
Matei se encogió de hombros. Sus pies descalzos resbalaron ligeramente sobre el suelo pulido.
«Nadie, señor. Solo estaba escuchando. Cuando tocan aquí. Y… a veces, en la escuela de música local, dejan la ventana entreabierta. Me siento debajo. Lo recuerdo.»

Un murmullo apenas reprimido recorrió la habitación. Alguien tosió suavemente. Cristina estaba un poco más lejos, pálida, con los finos labios apretados.
«¿Y esta pieza?» Andrei dio un paso hacia el piano. «¿Dónde la escuchaste?»
Matei dudó un momento. Se le veía en la mirada la cautela que había aprendido en la calle.
«Mi madre me la cantaba de pequeño. Decía que la había escrito un hombre muy talentoso. Para un niño… para que no le tuviera miedo a la oscuridad.»
Algo se rompió en el interior de Andrei. Se apoyó en el piano para no caerse.
«¿Cómo se llamaba tu madre?»
«Se llamaba María. Murió el invierno pasado.»
La llamó por su nombre. Está muerta. Las palabras resonaron entre las paredes de mármol.
«¿Dónde vivías?»

En los viejos almacenes cerca de la estación de tren de Obor. Ella cosía. A veces cantaba en pequeños bares. Yo vendía flores.
Un escalofrío recorrió la espalda de Andrei. María. Había conocido a una María. Doce años antes: joven, modesta, de ojos grandes y tiernos. Había trabajado de niñera para ellos cuando su hijo estaba aprendiendo a caminar.
Ese año, se produjo un incendio en su casa de vacaciones en Snagov. Le dijeron que el niño había muerto. El cuerpo estaba carbonizado y se había realizado la identificación oficial. María desapareció inmediatamente después de la tragedia. En ese momento, todos pensaron que se había escapado.
Andrei se sentó lentamente en el borde del podio.
«Matei… ¿cuántos años tienes?»
«Doce, señor.»
Exactamente esa cantidad de años había pasado.

Andréi se giró hacia Cristina. Ella permaneció inmóvil, como una estatua, pero un miedo real, casi animal, cruzó sus ojos.
«¿Recuerdas el incendio?», dijo en voz baja.
«¿Cómo no lo iba a recordar?», respondió con frialdad. «Fue una tragedia. No menciones el pasado delante de todos.»
«Insististe en la cremación», continuó en voz baja. «No me dejaste ver el cuerpo.»
«¡Porque era insoportable!», le temblaba la voz.

«¡Porque era insoportable!» Matei los miró a ambos, incapaz de comprender cómo una cena lujosa podía haberse convertido en una escena tan extraña y aterradora.
Andréi volvió a mirar al chico.
—¿Tienes algo de tu madre? ¿Una fotografía? —¿Un documento?
Matei asintió y sacó con cuidado un sobre arrugado del bolsillo interior de su abrigo. Lo abrió con delicadeza, como si fuera un tesoro, y sacó una fotografía descolorida.