La joven llegó al rancho sin techo, sin dinero y sin pedir nada salvo un poco de agua. Nadie podía imaginar que terminaría convirtiéndose en el refugio emocional de dos niños marcados por la muerte de su madre. Pero todo comenzó a tambalearse cuando alguien le lanzó una frase cruel:
—Solo eres el reflejo de una mujer que ya murió.

Y cuando apareció una carta guardada en secreto durante casi un año, la historia cambió por completo.
Jacinta decidió quedarse aquella noche. Sin embargo, desde ese momento vivió con la sensación de que su partida podía producirse en cualquier instante.
Continuó levantándose cuando aún estaba oscuro. Encendía el fuego, preparaba el desayuno, lavaba la ropa, atendía el huerto y cuidaba de Nicolás. A simple vista, nada había cambiado.
Pero había un detalle que Mateo no tardó en notar.
Jacinta ya no cantaba mientras hacía las tortillas.
Intentó hablar con ella.
—Lucía formó parte de mi vida —dijo Mateo—. Fue mi esposa y la madre de mis hijos. No puedo comportarme como si nunca hubiera existido.
—Jamás te he pedido que la olvides.
—Entonces dime qué esperas de mí.
Jacinta sostuvo su mirada.
—Quiero que me veas a mí. No quiero convertirme en una forma de mantenerla viva.
Mateo abrió la boca, pero ninguna respuesta le pareció suficiente.
Ximena también percibió aquella tensión.
La niña comenzó a comer cada vez menos. Por las noches sacaba sus mantas fuera de la casa y recuperó algunas de las conductas que había tenido durante las primeras semanas después de la muerte de su madre.
Jacinta comprendió lo que significaba.
Ximena estaba intentando acostumbrarse de antemano a otra pérdida.
Una noche la encontró junto a la ventana, observando fijamente el camino que conducía al rancho.
—Tu mamá no regresará por ahí —murmuró Jacinta.
—Sí regresará.
—Ojalá fuera posible.
Ximena la miró con dureza.
—Tú no quieres que vuelva.
Jacinta sintió un nudo en la garganta.
—Quiero que puedas recordarla siempre. Nadie debería obligarte a olvidarla.
La niña permaneció en silencio unos segundos.
—Entonces márchate. Si te quedas, papá terminará olvidando a mamá.
Jacinta sintió aquellas palabras como un golpe.
Se encerró en su habitación y sacó una de las pocas cosas que conservaba de su propia madre: un antiguo cuaderno de recetas.
Lo abrió lentamente.
Entre sus páginas faltaba una.
Era precisamente aquella donde su madre había escrito la receta del pastel de membrillo que preparaba cada año para celebrar su cumpleaños.
Desde que perdió aquella hoja, Jacinta nunca volvió a festejar esa fecha.

Entonces comprendió mejor que nunca a Ximena.
Los recuerdos podían parecer pequeños hasta que uno empezaba a temer que fueran lo último que quedaba de alguien.
Mientras tanto, la situación fuera del rancho empeoraba.
Doña Remedios se encargó de alimentar los rumores. Decía que Jacinta había llegado como una desconocida y que ahora pretendía quedarse con las propiedades de Mateo.
Las habladurías surtieron efecto.
Algunos vecinos dejaron de comprar el queso del rancho y, poco después, el encargado del molino se negó a venderle a Mateo a crédito.
Como si aquello no fuera suficiente, Severiano, hermano de Lucía, apareció inesperadamente.
No venía a ofrecer ayuda.
Venía por los niños.
—Mis sobrinos no van a criarse bajo el cuidado de una extraña —sentenció.
Mateo lo observó con incredulidad.
—Han pasado diez meses desde que murió Lucía. En todo ese tiempo no preguntaste una sola vez si tus sobrinos tenían comida.
—También estaba sufriendo.
—El sufrimiento no alimenta a un bebé, Severiano. Tampoco cambia pañales ni pasa noches enteras junto a un niño enfermo.
Las acusaciones no tardaron en llegar a oídos de las autoridades.
Un funcionario acudió al rancho para comprobar las condiciones en las que vivían los pequeños. No encontró abandono, maltrato ni ninguna razón inmediata para intervenir.
Aun así, dejó una advertencia.
Si seguían presentándose denuncias, podrían abrir una investigación formal sobre la custodia.
Jacinta sintió que su presencia estaba poniendo en peligro a toda la familia.
—Tengo que irme —le dijo a Mateo.
—No quiero que te vayas.
—No te corresponde decidirlo.
—Lo sé. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados mientras te culpan injustamente.
Jacinta lo miró a los ojos.
—¿A quién intentas proteger, Mateo? ¿A mí? ¿O a la mujer que todos creen reconocer cuando me miran?
Mateo guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
Jacinta regresó a su habitación y comenzó a guardar sus pertenencias.
Entonces escuchó toser a Nicolás.
Al principio pareció algo leve.
Una hora después, el pequeño ardía de fiebre y respiraba con dificultad.
El rostro de Mateo perdió todo color.
Lucía había enfermado de una manera parecida antes de morir.
—Voy por el doctor Herrera.
Jacinta miró hacia el exterior.
La lluvia golpeaba el techo y el río había crecido peligrosamente.
—Cruzar ahora puede ser muy arriesgado.
—Más arriesgado sería quedarme aquí esperando.
Mateo ensilló su caballo y desapareció bajo la tormenta.
Jacinta permaneció junto a Nicolás. Le colocó paños húmedos sobre la frente, vigiló su respiración y consiguió que bebiera pequeñas cantidades de agua.
Pasada la medianoche, Ximena despertó.

Cuando vio a su hermano temblando por la fiebre, algo dentro de ella se quebró.
—¡No! ¡No otra vez!
Retrocedió hasta chocar contra la pared.
Jacinta corrió hacia ella y se arrodilló.
—Ximena, mírame.
—¡Tú también te vas a morir! ¡Todos terminan dejándome!
—Esta noche no voy a ninguna parte.
—Mamá también prometió quedarse.
Jacinta sabía que ninguna promesa podía borrar aquel miedo.
Tampoco quería mentirle.
—No puedo decirte qué ocurrirá dentro de muchos años —respondió—. Pero ahora estoy aquí. Y mientras me necesites, no tendrás que enfrentarte sola a esto. Respira conmigo.
Jacinta se sentó en el suelo.
Después comenzó a cantar aquella vieja canción de cuna que su madre entonaba cuando las tormentas hacían temblar las ventanas de su infancia.
La respiración de Ximena fue calmándose.
Finalmente, la niña se acurrucó junto a ella.
—No dejes solo a Nicolás.
—No lo haré.
—A mí tampoco.
Jacinta la abrazó.
—A ti tampoco.
Ximena apretó los brazos alrededor de su cuello.
—Mamá…
Jacinta cerró los ojos.
Esta vez no la corrigió.
Con las primeras luces del amanecer, Mateo regresó acompañado del doctor Herrera. Llegó empapado, cubierto de barro y lastimado tras una caída durante el trayecto.
El médico examinó a Nicolás.
El pequeño saldría adelante.
Los cuidados de Jacinta habían sido fundamentales para evitar que su estado empeorara debido a la deshidratación.
Mateo miró entonces a Ximena, que dormía abrazada a Jacinta.
Después vio la maleta abierta en el corredor.
Y comprendió algo que llevaba demasiado tiempo negándose a aceptar.
Querer a otra persona no significaba borrar a Lucía.
El verdadero error habría sido sacrificar a quienes seguían vivos por miedo a traicionar el recuerdo de quien ya no estaba.
Horas después, Mateo atravesó la puerta de la tienda de Doña Remedios delante de varios vecinos.
—Quiero que todos escuchen esto —dijo—. Jacinta no ha venido a ocupar el lugar de Lucía. No podría hacerlo aunque quisiera. Jacinta es otra persona, y es la mujer de la que me he enamorado. Si ella acepta, pienso pedirle que sea mi esposa.
El rostro de Doña Remedios cambió.
—No deberías hacerlo sin conocer toda la verdad.
Mateo se acercó.
—Entonces habla.
Pero la mujer bajó la mirada y se negó a decir una palabra más.
Mateo regresó al rancho.
Encontró a Jacinta entre las plantas del huerto.
Se acercó sin discursos preparados.
—No puedo ofrecerte una vida perfecta —comenzó—. Tengo una casa cuyo techo necesita reparaciones, doce vacas, dos hijos que todavía están aprendiendo a vivir con una ausencia enorme… y una terrible dificultad para decir lo que siento cuando debería hacerlo.
Jacinta lo escuchó en silencio.
Mateo tomó aire.
—Pero sé algo con absoluta certeza. Te amo a ti, Jacinta. No porque me recuerdes a Lucía. No porque quiera recuperar el pasado. Te amo por quien eres. Si todavía puedes imaginar una vida aquí, quiero compartirla contigo. ¿Te casarías conmigo?
Los ojos de Jacinta se llenaron de lágrimas.

—Con una condición.
—La que quieras.
—Lucía seguirá formando parte de esta familia. Quiero que los niños puedan hablar de ella, recordarla y quererla sin que eso signifique que yo tenga que desaparecer detrás de su recuerdo.
Mateo asintió.
—Así será.
Jacinta extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de él.
Ximena, que había estado observándolos, se acercó lentamente y puso su pequeña mano sobre las de ambos.
Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los tres sintió que amar significara reemplazar a alguien.
Entonces se oyó el ruido de unas ruedas frente al rancho.
Un carruaje acababa de detenerse.
Doña Remedios descendió lentamente.
En una mano llevaba un viejo sobre amarillento.
Su expresión era completamente distinta.
—Antes de que celebren esa boda —dijo—, hay algo que deben saber.
Mateo frunció el ceño.
Doña Remedios levantó el sobre.
—Lucía me pidió que hiciera algo antes de morir. Y durante casi un año he ocultado lo que dejó escrito aquí dentro.