Elena llegó a aquella tierra en tren, acompañada de sus cuatro hijos y con una certeza dolorosa: ningún hombre estaría dispuesto a aceptar una vida que ya venía con una familia completa.
Gabriel no tardó en demostrarle lo contrario.

Se casó con ella y decidió que aquellos niños también formarían parte de su hogar. Sin embargo, el día que debía marcar el comienzo de una nueva vida terminó convertido en un escándalo.
En plena celebración apareció Rogelio, el hermano de Gabriel.
Y no llegó para felicitarlos.
Delante de todos los invitados señaló a Mateo, el hijo mayor de Elena, y lo acusó de ladrón.
El murmullo se extendió de inmediato entre los presentes.
Rogelio sacó entonces varios papeles y afirmó que tenía derechos legales sobre la mitad de La Esperanza. Pero aquello no fue todo. Según él, 9.000 pesos habían desaparecido de la oficina del rancho y varias personas aseguraban haber visto a Mateo merodeando por los alrededores.
—No entré en esa oficina —respondió el muchacho con firmeza.
Todas las miradas se dirigieron hacia Gabriel.
Él observó a Mateo durante unos segundos.
—Sin pruebas, aquí nadie será declarado culpable.
Después ordenó a Rogelio y a quienes lo acompañaban que abandonaran la celebración.
Horas más tarde, ya de regreso en La Esperanza, Mateo explicó dónde había estado. Él y Julián habían salido a recoger flores para decorar la boda.
Gabriel decidió creerle.
Pero Mateo había visto algo en su rostro.
Una vacilación.
Un instante diminuto de sospecha.
Y eso le dolió más que la acusación.
—Cuando no ocurre nada malo, dices que somos tus hijos —murmuró—. Pero basta con que aparezca un problema para que volvamos a convertirnos en los hijos de otro hombre.
Gabriel no encontró una respuesta capaz de borrar aquella herida.
Y los problemas apenas comenzaban.
La escritura original de La Esperanza desapareció misteriosamente.
Los 9.000 pesos seguían sin aparecer.
Poco después descubrieron que veintisiete reses también habían desaparecido.
Rogelio aprovechó cada incidente para alimentar las sospechas del pueblo. Comenzó a decir que Elena jamás había amado a Gabriel y que solo se había casado con él para quedarse con sus propiedades.
Incluso doña Beatriz, tía de Gabriel, decidió intervenir.
Le ofreció una salida.
Si anulaba el matrimonio y enviaba a Elena y a sus cuatro hijos lejos de La Esperanza, Rogelio retiraría sus reclamaciones.
—Si continúas defendiendo a esa mujer, acabarás perdiéndolo todo —le advirtió.
Gabriel ni siquiera dudó.
—Si tengo que elegir, perderé las tierras. A mi familia no.
No sabía que Elena había escuchado aquellas palabras.
Más tarde, cuando estuvieron solos, ella intentó hacerlo entrar en razón.
—No somos los únicos que podemos perder algo. Tus trabajadores viven de estas tierras. Sus familias dependen del rancho.
—Encontraremos la escritura.
Elena sostuvo su mirada.
—¿Y si nunca aparece?
Gabriel tomó suavemente su mano.
—El día que bajaste de aquel tren no estaba buscando una solución fácil para mi vida. Te elegí a ti. Elegí a esos niños. Elegí tener una familia.
Ninguno de los dos sabía que Mateo estaba lo bastante cerca para escucharlos.
A la mañana siguiente, el muchacho apareció junto a Gabriel.
—Voy contigo.
Salieron a buscar las reses desaparecidas.
Después de varias horas encontraron algo extraño: huellas de cascos que alguien había intentado borrar, una sección de la cerca cortada deliberadamente y manchas de pintura roja que parecían relacionar el robo con algunos hombres cercanos a Rogelio.
Durante el regreso, Gabriel decidió hablar.
—Te debo una disculpa.
Mateo permaneció en silencio.
—Durante unos segundos dudé de ti.
El muchacho bajó la mirada.
—Mi padre prometió que volvería a casa. Murió antes de hacerlo. Desde entonces, cuando alguien me promete algo, siempre pienso que tarde o temprano esa promesa terminará rompiéndose.
Gabriel no intentó convencerlo.
—Entonces no creas lo que digo. Mira lo que hago.
Aquella respuesta permaneció en la mente de Mateo.
Días después, Julián llegó con una noticia inesperada.
Había seguido a Anselmo, el capataz en quien Gabriel llevaba años confiando. Lo había visto recuperar un paquete oculto y después cabalgar hacia un viejo horno de cal abandonado.
Gabriel y Mateo fueron hasta allí.

Entre piedras cubiertas de hollín encontraron restos de documentos quemados, cera verde utilizada para sellarlos, 2.300 pesos y anotaciones relacionadas con las veintisiete reses desaparecidas.
En uno de aquellos registros aparecía un nombre.
Anselmo.
No tuvieron tiempo de celebrar el descubrimiento.
El capataz surgió de repente acompañado por otros dos hombres.
—¿Cuánto te ofreció Rogelio para traicionarme? —preguntó Gabriel.
Anselmo soltó una amarga sonrisa.
—Lo suficiente para poder comenzar otra vida.
Los tres intentaron recuperar las pruebas.
Gabriel se interpuso entre ellos y Mateo, protegiendo al muchacho hasta que varios trabajadores de La Esperanza llegaron al lugar y obligaron a los hombres a retirarse.
Habían descubierto una parte de la conspiración.
Pero seguía faltando lo esencial.
Nada demostraba directamente que Rogelio hubiera ordenado incriminar a Mateo.
Y la escritura auténtica continuaba desaparecida.
Entonces Rogelio jugó su carta más peligrosa.
Gabriel descubrió que su hermano había comprado una antigua deuda de 38.000 pesos que pesaba sobre La Esperanza.
El plazo vencía al final del mes.
Si Gabriel no reunía el dinero, Rogelio podría quedarse legalmente con el rancho, incluso aunque perdiera la disputa sobre la propiedad.
Poco después regresó para presentar sus condiciones.
—Dame la casa. Puedes conservar cuarenta hectáreas. Y manda a la viuda y a sus hijos de regreso a Parral. Si lo haces, olvidaré la deuda.
Mateo dio un paso adelante.
—No la llames “la viuda”. Mi madre tiene un nombre.
Rogelio lo miró divertido.
—Puede tener todos los nombres que quiera. Ninguno quedará escrito en la historia de La Esperanza.
Gabriel lo agarró de la camisa.
—Vuelve a hablar así de Elena y dejará de importarme que seas mi hermano.
Rogelio no mostró miedo.
Antes de marcharse, lanzó una última amenaza:
—Cuando pierdas estas tierras, veremos cuánto tarda esa familia en abandonarte.
Aquella noche estalló una tormenta feroz.
Los relámpagos iluminaban los campos y los truenos hacían temblar las ventanas.
Poco antes de medianoche, Nicolás, de apenas seis años, comenzó a gritar.
—¡Fuego! ¡El granero está ardiendo!
Todos salieron corriendo.
Las llamas ya trepaban por las paredes.
Los trabajadores organizaron rápidamente una cadena para transportar cubos de agua. Elena abrió los establos para liberar a los caballos mientras los muchachos ayudaban a llevar a los animales lejos del incendio.
Gabriel buscó a los niños.
Uno.
Dos.
Tres.
Volvió a contar.
Mateo no estaba.
—¿Dónde está? —preguntó.
Tomás señaló el granero en llamas.
—¡Entró ahí! Dijo que sabía dónde habían escondido la escritura verdadera.
Gabriel sintió que se le helaba la sangre.
Corrió hacia la entrada.
Dos trabajadores lo sujetaron antes de que pudiera cruzarla.
—¡No entre! ¡El techo está a punto de caer!
La madera crujió con violencia.
Entonces, desde algún punto detrás del humo, llegó una voz.
—¡Papá!
Gabriel dejó de forcejear.
Había reconocido inmediatamente a Mateo.

Pero algo era diferente.
El muchacho nunca lo había llamado así.
Ni una sola vez.
Gabriel miró hacia las llamas.
Ya no escuchó a quienes intentaban detenerlo.
Se soltó de los trabajadores, agarró una manta empapada, se cubrió con ella y desapareció dentro del granero.
Apenas había cruzado la entrada cuando una enorme viga ardiente se desplomó detrás de él.
El paso quedó completamente bloqueado.
Gabriel estaba dentro.
Mateo también.
Y ahora ninguno de los dos tenía una salida.