En plena noche de bodas, mi marido se quitó un cuerpo artificial y descubrí que nuestro matrimonio era una trampa

En plena noche de bodas, mi marido se quitó un cuerpo artificial y descubrí que nuestro matrimonio era una trampa

Apenas habían transcurrido dos horas desde nuestra boda cuando mi esposo, Dante, hizo algo que jamás habría imaginado.

Se colocó frente al espejo, abrió una cremallera oculta bajo su camisa y comenzó a desprenderse de su propio cuerpo.

Me quedé paralizada.

La barriga prominente, los hombros anchos y los brazos corpulentos que había acariciado durante meses no eran reales. Todo formaba parte de un sofisticado traje de silicona.

Debajo apareció un hombre atlético, musculoso y cubierto de tatuajes.

Solo dos cosas permanecían intactas: su rostro y su voz.

—Dante… ¿qué significa esto?

—Sigo siendo tu marido, Sofía.

—¡Ni siquiera sé con quién me he casado!

Él recogió una camisa negra y respondió con una tranquilidad inquietante:

—Lo importante no es quién soy, sino quién necesitaba que me vieras así.

Sentí un escalofrío.

En ese momento recordé el armario cerrado con llave que había visto al entrar en la suite. Una empleada del hotel me había advertido que no debía tocarlo bajo ninguna circunstancia.

—Abre ese armario —ordené.

—Será mejor que no lo hagas.

Pero sobre la mesita había una pequeña llave negra. La tomé y abrí la puerta antes de que pudiera detenerme.

Lo que encontré me dejó sin aliento.

Tres cuerpos artificiales colgaban perfectamente ordenados. Cada uno reproducía una figura masculina diferente.

Todos tenían etiquetas numeradas.

A-1. A-2. A-3.

El disfraz abandonado junto a la cama llevaba el número A-4.

—¿Cuántas veces has cambiado de identidad?

—Nunca cambié mi identidad. Solo mi apariencia.

Revisé el primer traje y encontré una tarjeta con varias anotaciones:

A-1: PRIMER CONTACTO.

A-2: ENCUENTRO PRIVADO.

A-3: PRESENTACIÓN FAMILIAR.

A-4: CEREMONIA MATRIMONIAL.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Cada etapa de nuestra relación había sido organizada de antemano.

—¿Todo lo nuestro estaba planeado?

Dante bajó la mirada.

—Me obligaron a seguir un protocolo.

—¿Quién?

No respondió.

Entonces descubrí una quinta anotación:

A-5: REVELACIÓN FINAL. ACTIVAR ÚNICAMENTE SI SOFÍA PERMANECE.

Al fondo del armario había una funda vacía identificada con ese mismo código.

—¿Dónde está A-5?

Dante frunció el ceño.

—Lo dejé aquí esta mañana.

Alguien había entrado en nuestra habitación durante la boda.

De pronto recordé un mensaje anónimo recibido horas antes de la ceremonia:

«Cuando llegue la medianoche, pregúntale por A-5».

Otro mensaje decía:

«Si Dante se quita A-4 antes de explicarte la verdad, permanece dentro de la suite».

Le mostré mi teléfono.

Dante palideció y revisó el suyo.

También había recibido instrucciones.

«Fase A-4 completada. A-5 suspendida. No reveles información hasta que ella formule la pregunta».

—¿Quién está jugando con nosotros? —pregunté.

—Creí saberlo durante años. Ahora ya no estoy seguro.

Finalmente me habló de Claire Morel, una mujer que había diseñado aquel extraño procedimiento y desaparecido seis años atrás.

Según Dante, Claire le había advertido que cualquier modificación en la secuencia significaría que alguien peligroso de su pasado lo había encontrado.

Antes de que pudiera contarme más, apareció una nueva notificación.

«A-5 nunca salió de la habitación».

Después llegó otra:

«BUSQUEN DONDE NADIE PUEDE VERSE DIRECTAMENTE».

Registramos los muebles, las paredes y hasta el baño.

Nada.

Cuando volví a examinar la funda vacía, descubrí una doble costura. En su interior había una llave diminuta acompañada de dos palabras:

A-5 / ESPEJO.

Miramos el enorme espejo dorado situado junto a la cama.

Dante pasó los dedos por el marco y encontró una cerradura casi invisible.

Introdujo la llave.

Un mecanismo se activó y el espejo giró lentamente, revelando un compartimento secreto.

Dentro descansaba una caja negra.

La abrimos.

Había dos fotografías.

En la primera aparecía Dante, varios años más joven, junto a Claire Morel y un desconocido cuyo rostro había sido eliminado cuidadosamente.

En el reverso alguien había escrito:

«A-5 no cambia su apariencia. Revela a quien lleva años observándolo».

La segunda fotografía me hizo retroceder.

Mostraba nuestra suite aquella misma mañana.

Yo aparecía con mi vestido de novia, preparando los últimos detalles antes de la ceremonia.

La imagen había sido tomada desde el techo.

—¡Alguien nos está vigilando!

Dante examinó la habitación y descubrió una diminuta cámara oculta tras una rejilla de ventilación.

Junto al dispositivo había una nota:

«Mostrar el verdadero cuerpo de Dante nunca fue el objetivo».

«La prueba consiste en comprobar si Sofía comprende qué permanece inalterable».

—¿Qué quieren de mí? —susurré.

Dante leyó la última línea.

—Quieren que preguntes por qué nunca cambié mi rostro.

Entonces todo comenzó a tener sentido.

Los disfraces modificaban radicalmente su figura, pero cualquiera que conociera su cara podía reconocerlo.

Aquellos trajes no estaban destinados a hacerlo desaparecer.

Estaban diseñados para provocar encuentros con personas concretas.

En ese instante, el ordenador de la habitación se encendió sin que nadie lo tocara.

Sobre un fondo negro aparecieron unas palabras:

«CUATRO PERSONAS IDENTIFICARON A DANTE DURANTE EL EXPERIMENTO».

La siguiente frase me heló la sangre.

«TRES MURIERON ANTES DE LA CEREMONIA».

Dante dejó escapar una exclamación ahogada.

La pantalla mostró otra advertencia:

«LA CUARTA PERSONA SE ENCUENTRA EN ESTE HOTEL».

Apareció la fotografía de una anciana de cabello plateado y vestido oscuro.

Estaba frente a nuestra puerta.

—No puede ser… —murmuró Dante.

—¿La conoces?

—Es Claire.

—¡Me dijiste que llevaba seis años desaparecida!

—Porque eso era lo que yo creía.

La fotografía desapareció.

En su lugar apareció un último mensaje:

«PROTOCOLO A-5 ACTIVADO».

Tres golpes pausados resonaron al otro lado de la puerta.

Nos quedamos inmóviles.

Entonces escuchamos una voz femenina, firme y envejecida.

—Dante, ya es suficiente. Tu esposa merece saber por qué la elegiste.

Lo miré directamente a los ojos.

—¿Por qué te casaste conmigo?

Por primera vez desde que lo conocía, mi marido parecía incapaz de controlar el miedo.

Sus labios temblaron.

Miró hacia la puerta y después hacia mí.

—Sofía… nuestro encuentro no fue una casualidad.

Sentí que se me cortaba la respiración.

—¿Qué estás diciendo?

Dante cerró los ojos unos segundos.

—Yo no fui quien te eligió.

Detrás de la puerta, Claire pronunció unas palabras que terminaron de destruir todo lo que creía saber sobre nuestra relación:

—Dile quién organizó la boda, Dante. Y, sobre todo, explícale por qué necesitábamos que llegaras viva hasta esta noche.

Fue entonces cuando comprendí la dimensión de aquella pesadilla.

El cuerpo artificial de mi esposo era apenas una pequeña parte del engaño.

Nuestro romance, nuestro compromiso y hasta la ceremonia habían sido piezas de un plan preparado durante años.

Y la persona que estaba en el centro de aquel misterio no era Dante.

Era yo.